Jaume Balmes Urpià

Jaume Balmes Urpià

domingo, 6 de septiembre de 2020

XI) LA REPRESANTACIÓN REAL. – EL PROGRAMA. – LA MISA: LOS ENSAYOS EN VIC Y BARCELONA.

YA dijimos anteriormente que, cuando fue una Comisión a Madrid a enterar al Rey y a su gobierno del proyecto de las fiestas, obtuvo de aquél la solemne promesa de que sería él quien presidiría el homenaje a Balmes, si era posible personalmente y, sino, por delegación portada por un Infante. Por razones de carácter excesivamente íntimo para retraérselas aquí, teníamos la confianza de que el delegado regio, cuando el Rey no pudiera venir, sería la Infanta Isabel, de quien nos constaba que, en tal caso, llevaría esta delegación con gusto y complacencia. Pero la Infanta Isabel había llevado igual representación a la República Argentina y había motivo para temer que la fatiga de tan largo viaje fuese un grave tropiezo para su venida a nuestra Ciudad. Por otra parte, hasta casi a última hora, el Comité pudo creer que el viaje personal del Rey no era cosa a que se pudiera renunciar. El día de San Juan de Junio había venido a Barcelona el Ministro de Fomento, señor Calbetón, y, para hablarle de la real visita y de pasada del estado de la subvención oficial, fue a encontrarlo al Gobierno Civil una representación mixta del Comité Ejecutivo y de la delegación del mismo en Barcelona, presidida por el Alcalde y acompañada del Diputado a Cortes, señor Bosch y Alsina. El Ministro, al ser preguntado sobre si vendría el Rey u otra persona de la real familia, respondió que él creía que sería el Rey, por haberle oído decir siempre que tenía la intención de presidir personalmente las fiestas y que no se había desdicho hasta entonces. Está claro que las circunstancias políticas podían cambiar todo esto, como, en efecto, lo cambiaron. Al Comité no le era igual que viniera el Rey o un delegado suyo, aunque fuera de la misma familia real: las condiciones de alojamiento, por de pronto, tenían que ser distintas. Por eso ya con tiempo se había prevenido y estaba orientado respecto del particular: se había convenido con el señor Obispo que, si el que venía era el Rey, se alojaría en el Palacio Episcopal, como la otra vez, y, por si era un infante o infanta, se había pedido a la amabilísima familia del Conde del Valle de Marlés que le diera hospedaje en su casa. Y esta noble y distinguida familia, con el joven Conde en cabeza, se había puesto a disposición del Comité, accediendo inmediatamente a su petición y preparándose para no ser digno de lástima, si llegaba el caso, para hacer a quien viniera agradable y digna esta hospitalidad. Pero los días iban pasando, el mes de Agosto avanzaba y aun no se sabía nada. Finalmente, el viernes día 26 llegó la noticia telegráfica de que la representación del Rey la llevaría la Infanta Isabel. Algunos días antes se había ya sabido que la venida de un infante o infanta era cosa infalible, y así lo había prevenido al Conde del Valle de Marlés una Comisión que fue a Ripoll y cercanías por asuntos de la fiesta folclórica. La familia Oriola veraneaba entonces, según su costumbre anual, en la hermosa posesión de Rama, entre Ripoll y San Juan de las Abadesas. Al saberse la noticia de que definitivamente venía la Infanta Isabel, envió el Comité un miembro propio a Rama, no solamente para llevar aquella, sino para facilitar al Conde del Valle de Marlés su trabajo con algunas instrucciones de detalle que podían convenirle. El Conde vino a Vic el mismo día de recibir la noticia y, a la mañana siguiente, lunes, comenzaron los preparativos para poner el antiguo palacio de los Orioles a punto para recibir dignamente la regia visita. Con el plan que la familia tenía ya trazado y con la buena voluntad y con el afecto con que lo hacía, el trabajo resultaba fácil, aunque quedaba poco tiempo para realizarlo. Mientras tanto, el sábado, había ido a Barcelona una delegación del Comité, con el Alcalde, llamada por el Gobernador, a fin de trazar con éste el programa de viaje. Se tenían que marcar los días y las horas de llegada y de salida, y combinar –que esto era lo de peor factura- las funciones anunciadas en el Programa, ya lanzado al público, con la presencia de la señora Infanta. Ya previendo esto y fundado en otras razones dictadas por la experiencia, el Comité había dejado de señalar horas en el referido Programa, reservándose hacerlo en la hoja diaria que se proponía publicar durante la tongada de las fiestas. La estancia de la Infanta en Vic se tenía que reducir a 48 horas justas. El Comité ya calculaba que la llegada fuera el día 7 de Septiembre por la tarde y así fue convenido con el Gobernador. Dentro de estas 48 horas se tenía que incluir aun una excursioncita a Ripoll que se podía hacer con brevedad. El Comité ya contaba también con esta excursión. En lo que se tenía interés era en la señora Infanta asistiera a la fiesta folclórica, programada para la tarde del día 9 con el fin de que se tenía que evitar que volviera directamente de Ripoll a Barcelona. Y así se hizo, señalando la ida a Ripoll por la mañana del día 9 y dando tiempo a que la vuelta, ante de ir a comer, inaugurara el Concurso pecuario. Para presionar más a la señora Infanta en este asunto particular, se acordó que esta comida fuera la oficial del Ayuntamiento y se hiciera en la Casa de la Ciudad. En la conferencia con el Gobernador resultó labor sencilla combinar este programa del viaje. Como se supone, se le indicaba a la señora Infanta la conveniencia de que el día 8 se dignase asistir al Pontifical de la Catedral, por la tarde a la inauguración del Congreso de Apologética y por la noche al concierto que teníamos encomendado al Orfeón Catalán. Concluido este programa con el Gobernador se envió inmediatamente al Ministro de Instrucción Pública, quien, al recibirlo, fue personalmente a la Granja a someterlo a la aprobación de D.ª Isabel. La aprobación vino en seguida telegráficamente y con palabras muy satisfactorias y muy gratas para la Ciudad. El Gobierno quería tener su representante que, al mismo tiempo, hiciera compañía de honor a la señora Infanta y creyó que nadie era más indicado que el Ministro de Instrucción Pública, D. Julio Burrell, que era quien había tocado todos los detalles de este asunto. En efecto, él fue el designado, pero, al cabo de pocos días de esta designación, se hizo una nueva a favor del Ministro de Gracia y Justicia, D. Trinitario Ruiz Valarino, alegando la razón de que al de Instrucción Pública no se lo permitían sus numerosas ocupaciones –y especialmente los preparativos de una Asamblea de primera enseñanza que decían se tenía que celebrar en aquellos mismos días, pero que no se celebró- alejándose de Madrid. Además acompañarían a Dª. Isabel su dama de honor, señora Duquesa de Nájera; su secretario particular, señor Coello; el general Aranda y otras notables personas. Indudablemente la venida de una representación real daba a la fiestas mayor esplendor y a esta representación se le añadía especial atractivo el prestigio personal de Dª. Isabel, aumentado últimamente por su éxito en la representación llevada a Argentina. Nuestro pueblo recibió a la señora Infanta con todo su afecto, hermanado con su seriedad proverbial. Como hemos indicado antes, hacía ya algunos días que corrían los programas. El público arrebató talmente de los lugares de venta el primer millar que había salido de la imprenta y consumió después los otros tres mil que se pusieron en circulación. La nueva y artística cubierta arrancó un aplauso general y la pulcritud con que la estampa Portabella cuidó del texto hizo que todo el mundo la alabara. Llamó la atención la circunstancia, que ya hemos hecho notar, de no marcar las horas de las funciones, si bien la gente se hizo cargo pronto del porqué se hacía. El Comité no había hecho el programa a la ligera, sino que había puesto detenido estudio en su redacción. Puso, sobre todo, especial empeño en que la sustancia de cada una de las fiestas resaliese por sí misma, sin hacer nada para que se notase, ni aplicar calificativos pretenciosos que la mayor parte de las veces resultan mentirosos. No había ninguna función que llevase delante de ella el adjetivo grande, como de costumbre: solamente dos veces se usaba el solemne, aplicándolo a la Misa y al procesión Eucarística, más que para ponderarles para usar términos propios de la liturgia. El Comité, en lo que estaba empeñado, era en que las fiestas fuesen grandes sin necesidad de decirlo. Cuidó también de que no entrasen minuciosidades que desvirtuasen el valor, que nadie se atrevió a negar, del conjunto del Programa, y eso que la enumeración de algunos detalles habría satisfecho al público. Además prescindió en absoluto de toda fiesta particular, aunque le constara, como le constaba, que casi todas las sociedades recreativas estaban preparando funciones especiales, algunas de las cuales resultaron verdaderamente notables. En vista de esta sobriedad, no faltó quien se preocupara de publicar un programa de fiestas particulares y hasta quien se dedicó a reproducir el de las públicas aparte del Comité, ligándolo con el negocio de los anuncios que el Comité, desde el primer día de hablarse de programa y con completa unanimidad de opinión, acordó proscribir, a pesar de tener motivo para explotarlos, contribuyendo a llenar las arcas de las fiestas. Empeñado en que el Programa fuera una nota verdaderamente artística, huyó de toda cosa de sentido utilitario que pudiera afearlo. Entre los preparativos resaltaban especialmente los que se iban haciendo en Vic y en Barcelona para la ejecución de la Misa del Centenario, que había compuesto Mosén Romeu. Aquí los ensayos habían comenzado pronto, primeramente los parciales que se hacían en las casas de comunidad y en los colegios de donde tenían que salir los elementos que formarían el coro popular a quien tocaba cantar los versos gregorianos de la Misa De Angelis, alternándolos con los de música figurada moderna que había escrito nuestro entusiasta Maestro de Capilla y que, como ya hemos dicho antes, tenían que cantar en el coro alto de la Basílica los hombres y chicos del Orfeón Catalán. A Mosén Romeu y a todos los que aquí le ayudaban a llevar la barca a puerto se les había ocurrido una idea hermosa: si, por dirigir este coro popular, se pudiera hacer venir de Montserrat al entusiasta gregorianista Padre Sunyol!... Qué fácil sería así asegurar por este lado el éxito de la grandiosa Misa! No se tenía que entretener a dudar de ello: se puso manos a la obra, se acudió al Abad y, no sin dificultades, se consiguió que dicho P. Sunyol viniera, cuanto menos, a dar instrucciones al coro y a encarrilarlo, asistiendo a los primeros ensayos formales que entusiasmaron a todos los que tuvieron ocasión de oírlos, y a lo mejor más que a nadie al joven y competidísimo monje, a la batuta del cual se sometían, con tanta docilidad y admiración, las numerosas personas que con la solfa en la mano la seguían incansablemente con sus ojos. En esta solfa, tirada expresamente, había los versos gregorianos a cargo del coro popular y las primeras voces del canto moderno que hacían aquí las de la Schola puerorum de Mosén Romeu. Y he aquí que, cuando los ensayos se iban calentando más, vinieron las dos fiestas de la Asunción. El P. Sunyol, fiel a las órdenes que traía de sus superiores, tuvo que pasarlas a Montserrat sin dar grandes esperanzas de que volviera y dejando a entender de todas maneras que sería muy difícil que él personalmente pudiera dirigir el coro popular el 8 de Septiembre por ser aquel día la fiesta de la Patrona de Cataluña, que, no por haber la otra canónica, más importante por consiguiente, dejaría de celebrarse. Entonces fue cuestión de convencer al P. Abat de la necesidad que teníamos del P. Sunyol. Se procuró que interviniera en ello nuestro señor Obispo y se logró que esta intervención fuese decisiva. El P. Sunyol volvió pocos días más tarde y ya no se movió de aquí hasta pasadas las fiestas, salvando una pequeña escapada a Barcelona para asistir a los ensayos del Orfeón Catalán. Hablemos también de estos ensayos que tanta importancia revestían y que para el Maestro Millet era una verdadera prueba. Ahora que él lo ha dicho en un artículo público, ya no se da el caso de callarnos alguna intimidad que, por otra parte, a lo mejor suprimiríamos. Indudablemente Millet, como los demás Maestros del Orfeón, había encontrado tropiezo en la idea de una Misa como la de la que se trataba; pero una cosa era la teoría y otra cosa la práctica. Esta teoría continuó gustándole a Millet cuando, en la sesión íntima de que más arriba hablamos, Mosén Romeu dejó saltar algunas chispas de realidad sobre las teclas del piano y de viva voz, pero, claro, chispas y fuera. Millet, que tiene fe en nuestro compositor, le dejó hacer y esperó la partitura. Y, cuando hubo visto la partitura, y uno le preguntó por el efecto de la leída, encontramos a un hombre reservado y dudoso, contra todo lo que esperábamos. -Pero ¿es que no le gusta...? -¡Oh basta! no es esto, no es esto... -Mosén Romeu, ya sabe V. que atenderá gustoso todas las observaciones que le haga; incluso renunciará... -No, no... Pero tenemos que estudiar, lo tengo que oír... Porque no estoy seguro del efecto que puede hacer esto, tan nuevo, tan singular... Y Mosén Romeu, Mosén Romeu... se nos vuelve un poco extravagante. Ya le escribiré a Mosén Romeu.- Que era lo que uno quería, porque ya sabíamos que se tenían que entender, como así fue. Y, de la manera que, faltos de técnica, podíamos entenderlo, nos explicó lo que le encontraba, lo que consta en el artículo de la Revista Musical a que hacíamos referencia. Los primeros ensayos –novio de pocos días- los realizó el Maestro Pujol, porque Millet, que había tenido un invierno y una primavera muy laboriosos, necesitaba una tongada de reposo. Incluso a lo mejor le vino bien encontrar ya la cosa desbrozada cuando comenzó a poner su batuta. Podía ya apreciar los efectos, y se tiene que decir que la animación le fue creciendo día a día, convencido cada vez más de que iba a poner su robusta espalda en una cosa digna de él y del Orfeón Catalán. Y repara, lector, que el trabajo de éste no era pequeño, porque se tenía que adiestrar a los dos coros, el de los hombres y chicos y el de las chicas que tenían que ayudar e influir poderosamente en el coro popular que bajo la batuta del P. Sunyol se iba aquí nutriendo y desahogándose. El miércoles, 30 de Agosto, Mosén Romeu, el P. Sunyol y el autor de la presente Crónica fuimos a Barcelona a oír uno de los últimos ensayos generales de la Misa. Mucho rato de fruición musical contamos en nuestra vida: ninguna tan memorable como aquella. No se puede negar que podía influir el patriotismo, pero nuestros dos respetables compañeros sintieron lo mismo que uno sintió. La Misa resultó indudablemente más grandiosa e imponente el día de la fiesta, pero aquella velada, en la sala de ensayos del Orfeón, con una atención de todo el mundo verdaderamente religiosa, poniéndole todos los cantores el corazón y el alma, no hubo detalle, ni punto, ni coma, que no se sintiera, que no destacara con todo su relieve, con tal exquisitez que toda la inspiración de la obra, todo aquel inexplicable perfume del canto gregoriano acabaron por entusiasmar al mismo Maestro, quien, al acabar, saltó de la tarima para abrazar a Mosén Romeu y darle la enhorabuena. La batalla se había ganado. Sin necesidad de abdicar de una sola de sus convicciones el Maestro Millet reconocía que el efecto era seguro y la Misa se tenía que imponer. El viernes siguiente, a ruegos del Mosén Romeu, Millet vino a Vic para asistir a uno de los ensayos del coro popular, saliendo satisfecho y no dictando otra modificación que una, que resultó certera: que el coro fuese acompañado desde arriba con el gran órgano en vez de hacerlo con el pequeño desde abajo, como se había comenzado a hacer, para asegurar mejor la compenetración de las voces con el instrumento, consolándose con perder el tono de majestad que el gran órgano daba al conjunto, pérdida de la cual de ninguna manera quiso el Director del Orfeón resignarse. Y, perdona lector, que nos hayamos entretenido tanto en estas minucias de los ensayos de la Misa, que nos ha parecido que tenían que gustarte.

X) CALISTENIA. – ALOJAMIENTOS. – TRENES EXTRAORDINARIOS.

EN el Cartapacio de la Comisión de fiestas cívicas figuraba una fiesta calisténica, o de gimnasia rítmica, que se tenía que hacer con el auxilio de los Maestros y alumnos de las escuelas públicas de la Ciudad. Pero últimamente no tenía que ser una fiesta calisténica en el riguroso sentido de esta palabra, sino una función de rondas infantiles y canciones animadas, según el procedimiento de Jaques-Dalcroze, para la preparación de la cual contamos ya desde el primer momento con el introductor de estas cosas tan atractivas en nuestra tierra: el poeta y músico Juan Llongueras. Y no se trataba tampoco de una cosa pasajera sino de ver si, aprovechando la ocasión, se lograba introducir en Vic y conservar resuelta esta singular y moderna escuela en que se dan tan firme y tan fecundo abrazo la instrucción, el arte y la higiene. El pensamiento primordial de la Comisión de fiestas cívicas era grandioso: tendía a juntar en el espectáculo a la gran mayoría de los alumnos de las Escuelas que habrían podido sobrepasar el millar. Pero las dificultades materiales aparecieron enseguida, y entonces se fue inmediatamente a que lo que perdíamos en grandiosidad lo ganáramos en vistosidad y finura. Así se pudo hacer con la cooperación directa de Llongueres, con la determinación ya hecha de que llevase en su día sus chicos y chicas de la Escuela Coral de Tarrasa y de haberse encargado, espontáneamente y con inacabable entusiasmo, de los trabajos de aquí el subchantre de la Catedral Mosén Miguel Rovira, director del Orfeón de San Luís. La fiesta quedó, entonces, asegurada desde el inicio. Solamente tuvimos que rebajar un poco nuestro presupuesto de personal, pues ya desde el primer momento nos vimos obligados a que en el grupo de calisténicos vicenses hubieran niñas: era cosa nueva y conocida por poca gente y tenía que venir la convicción por la vista. De los propios chicos no logramos pasar de sesenta, y aún, después de haber visto los ensayos, uno se admiraba de que fuesen tantos. Los ejercicios son pesaditos y dificultosos y exigen en cada chico una disciplina muscular y auditiva más rigurosa de lo que a primera vista parece. Al maestro le hace falta mucha paciencia pero no menos al discípulo. Hubo momentos, en los ensayos, que llegamos a dudar de que, con el poco tiempo de preparación de que disponíamos, nuestros chicos pudieran juntarse y alternar con los tan fogosos de Tarrasa; pero nos tranquilizaba mucho la seguridad que nos daba Llongueras cada vez que venía a inspeccionar los ensayos y dar coraje a los pequeños calisténicos. Siendo cosa esencial para el efecto artístico la indumentaria de estos, el Comité dio a los chicos y a los padres todas las facilidades para que el habillamiento fuese cuanto menos igual en belleza y vistosidad a los de Tarrasa. Se dedicaron a esta tarea, de una manera especial, los dos miembros del referido Comité, señores Claveras y Delclós, los cuales salieron completamente airosos del encargo. Bastante menos grato y un poco complicado y difícil era atender a la cuestión de alojamiento del gran número de forasteros que esperaban las fiestas. Suficiente grupo eran ya los que, llamados por el Comité en virtud de los actos acordados por las Comisiones, tenían que tomar en aquellas una parte activa. Contábamos que, solamente el Orfeón Catalán, traería más de trescientas personas. En primer lugar se tenía que procurar por la instalación de los Congresistas, lo cual era para el Comité una obligación de honor. Fue nombrada una Comisión de alojamientos, en que, ciertamente, no faltó el trabajo. Ya de inicio, cuando la Comisión de fiestas cívicas obraba como única fuerza activa, se había pensado en disponer en el Seminario una puesta a punto tranquila y propia de las personalidades, en su mayoría eclesiásticas, que vendrían a la Asamblea; pero esta idea topó, como era natural, con una larga serie de dificultades que poco a poco y en detalle hubieron de vencer los trabajos de la Comisión y en definitiva los decisivos del Comité. Y, aunque no en la escala que de buenas a primeras se había temido, porque en su día la Ciudad demostró tener más recursos en particular de los que todos nos imaginábamos, el Seminario ofreció el refugio que nos convenía. Verdad es que el gran recurso, en este trabajo dificilísimo de alojar a la gente, el Comité ya desde el día de su constitución lo tenía pensado y lo perseguía. Lo obtuvo a su hora en la misma forma y con la misma extensión que lo había imaginado. Perdone el lector que seamos, a lo mejor a pesar suyo, un poco detallados al explicar estas cosas, lo cual hacemos con el intento de que puedan servir de experiencia para otro día que convenga. Las dos grandes masas de gente de Barcelona y de las poblaciones importantes que tienen estación en el ferrocarril se tenían que esperar. Los que vinieran de los puntos más inmediatos de la comarca por carreteras y caminos vecinales vendrían en carruaje propio para volver a la hora que les viniese bien, o tendrían ya aquí familia o alojamiento habitual que usarían igualmente en esta ocasión extraordinaria. Estos no tendrían dolores de cabeza, como tampoco los que viniesen de las estaciones balnearias o climatológicas cercanas, como por ejemplo, Tona y San Julián de Vilatorta, los cuales se entenderían fácilmente con los servicios de carruajes establecidos por las mismas. Por consiguiente, para los que se tenía que procurar era a los viajeros indudablemente numerosos que los trenes de subida y de bajada traerían a la Ciudad a través de la nueva Estación de las diecisiete portaladas. Pues, ya que los trenes lo hacían, los mismos trenes lo deshicieran. Desalojar con este medio rápido la Ciudad era muy trabajoso, ya que los trenes normales, por sí solos, no acababan de cumplir el objeto. La cuestión era que tenían que salir de la Estación trenes especiales a la hora que al Comité le conviniera, es decir después de acabadas todas las funciones del día sin excluir las del atardecer. Tenían que salir dos trenes nocturnos, uno ascendiente y otro descendiente, que no salieran antes de la doce. Así, a todos los forasteros que, queriendo quedarse, no pudieran materialmente hacerlo por falta de posada, les quedaría el recurso de volverse. Con esto teníamos en nuestra mano, en la cuestión de alojamientos, una válvula de seguridad que bastaba para evitar enojosos conflictos. La Compañía del ferrocarril, aunque con su habitual poca fe en los resultados de todo servicio extraordinario pedido directamente en nombre del público, acogió favorablemente la propuesta y en principio fueron incondicionalmente concedidos los dos trenes que pedíamos. Más tarde, al formalizar la concesión, se trató de ponerle condiciones, que desaparecieron gracias a los trabajos del Comité de la Compañía en Barcelona y a lo que hizo particularmente el Gobernador Civil, señor Muñoz. Los dos trenes saldrían cerca de la media noche, cuando ya todas las funciones estarían acabadas e incluso probablemente se habría apagado ya la iluminación de las vías públicas. Concedido este servicio especial de trenes, que duraría los cuatro días principales de las fiestas, el Comité pudo ver más serenamente la cuestión de alojamientos y posadas, y se apresuró a resolver la de la manutención, que no ofrecía tantos problemas. Se ha de advertir que lo que llamaríamos palanca general de la opinión forastera a favor del Centenario, primera y natural preocupación de las Comisiones y del Comité, estaba hecho a las principios del verano de una manera talmente gigantesca. En todas las poblaciones de Cataluña no se hablaba de otra cosa; sin necesidad de gacetillas oficiosas ni de cartitas de recomendación la prensa diaria de Barcelona y de las demás capitales y la periódica de otras poblaciones se ocuparon continuamente, balmeseándose a desdecir en todos los tonos y en todas las formas. Las revistas sabias de la Península y algunas extranjeras estudiaban con los más variados puntos de vista la personalidad y la obra de nuestro gran compatricio. Ni en el espíritu partidista el Parlamento, ni en la prensa, ni en ningún lugar se ponía el menor obstáculo a todo lo que se estaba haciendo en pro de la conmemoración del gran sabio, e incluso el periódico tan poco sospechoso como El Diluvio de Barcelona reconocía la justicia y oportunidad de nuestro homenaje. Las publicaciones ilustradas se daban prisa en servir a los lectores detallada información gráfica del gran hombre y de todo lo que le hace referencia, llegando a mínimos detalles cernían tanto a la generalidad del público, y aquí y allá, en gran número de poblaciones, se celebraban y organizaban actos en honor del insigne filósofo, de los cuales iba dando cuenta –y por eso aquí no los enumeraremos- el Boletín del Centenario. Únicamente no creemos lícito desvirtuar el tributo de la Ciudad de Cervera, Universidad en la cual estudió Balmes, siendo otro de los clarísimos talentos que en aquella famosa Escuela, creada por el espíritu vengativo de Felipe V, supieron mantener y renovar el verdadero espíritu catalán de tal manera que lo que tenía que ser tumba de este espíritu fue, en rigor, la cuna de nuestro renacimiento. Cervera, ya después de nuestras fiestas, pagó este tributo a Balmes poniendo en el edificio de la Universidad una lápida que recordara su paso por la misma. El pequeño comercio se había apoderado también de la ocasión del Centenario y por todas partes brotaban retratos, bustos, medallas, postales y otros recuerdos que como negocio resultaban mejores o peores, pero que contribuían poderosamente a la propaganda. Le faltaba aún a este evento un golpe final que tenía que redondear el efecto. Hablemos enseguida, agarrando la historia desde un principio.

IX) EL PROGRAMA. – LA FAMILIA BALMES. – UNA TRICROMÍA. – UN LIBRO. – UNA EXPOSICIÓN.

ACABAMOS de hablar de Cartel: hablemos también un poco del Programa, del Programa en su materialidad. Mejor dicho: de la cubierta del Programa. Porque si el Comité, precedido por la Comisión de fiestas cívicas, no se había conformado con un Cartel cualquiera, tampoco quería conformarse con cualquier programa. Convenía que también éste constituyera una nota artística lo más nueva y todo lo más original posible. El Comité se orientó y descubrió una presentación de programa nunca vista hasta ahora en nuestro país. No solamente se trataba de un procedimiento tipográfico recién inventado, precisamente por los italianos que, como es suficientemente sabido, suelen ir siempre por delante en las cosas de esta clase, sino que el mismo procedimiento daba pie a una representación sobria y verdaderamente bella de lo que el Comité quería que figurara en la portada de dicho Programa, que es un figuración simbólica de la Ciudad de Vic: de la Ciudad madre de Balmes, de la Ciudad Episcopal. ¿Y qué mejor ni más legítimamente podía simbolizarla que la masa solemne, majestosa, de nuestra Catedral, dentro de la cual el Campanario milenario es como el monumento perenne, y casi tenemos derecho a decir inmortal, de todas nuestras glorias? De acuerdo con el mismo estampador Horta, quien se había ofrecido a acometer el tiraje de dicha cubierta, vino a Vic, la vigilia de San Miguel de los Santos, el reputado pintor y dibujante, especialista de estas cosas, D. Darío Vilás. Llegó en el tren de la tarde, y, como entonces el día es tan largo y la luz de la puesta de sol podía convenirnos, desde la estación misma emprendimos un paseo circundando la Catedral que se acabó en la cumbre de la Rambla de Moncada, en la misma casa de Santa Teresa. Allí subimos a un segundo piso, monopolizamos largo tiempo una ventana maravillosa y desde aquella atalaya, con lápices de colores, sacó el simpático artista la mancha que tenía que servir para la hermosa portada del Programa. Si la hubieras visto, lector, en la realidad, ¡esa hermosura! Y, sobretodo, ¡aquella luz! Alguien, cuando el Programa salió, encontró un poco forzada aquella cadena de nubes... Pues estaban esas nubes, y eran, naturalmente, una de las notas características del cuadro. Vilás no se relajó y, aprovechando aún las luces de aquella sobretarde ideal, sacó otra mancha desde el puente del Gurri, y a la mañana siguiente se empeñó en ver salir el sol y sacar dos manchas más. Pero la primera, la de la Rambla de Moncada, fue la que, por sus luces y su majestuosidad, dominó y fue a las máquinas. Tirada la lámina casi a dos solas tintas, siguiendo el procedimiento italiano, perdíamos a lo mejor algún toque de lucidez pero lo ganábamos con creces en seriedad, y huíamos con decisión de lo vulgar y demasiado visto. Tanta impresión de novedad y de belleza causó la portada de nuestro Programa que ya son dos o tres las casas editoriales barcelonenses que la han imitado, y aun la imitarán más, porque con medios apartados de todo efectismo, se consigue una impresión artística enamoradora. De esta manera y con esta detención y este estudio se iban combinando los preparativos de las fiestas, siempre atentos a dar a todo la mayor distinción posible y a huir de toda vulgaridad y mal gusto. Entretanto la familia Balmes se apresuraba por su lado a contribuir al interés y lucimiento de las fiestas. Su joven y apreciado representante, D. Jaime Sales Balmes, judicó que tenía que ser de muy buen afecto y tenía que ser apreciado por todos los balmesianos la reproducción en tricromía del hermoso retrato que pintó el famoso artista madrileño D. Frederido de Madrazo, retratista en su tiempo de la aristocracia de la Corte española, de nuestro filósofo, con quien guardaba estrechas relaciones de amistad. Dicha pintura es evidentemente una bella obra, pero, para hacerle una reproducción que conservara esta belleza, no podía acudirse a cualquiera, y es natural que Sales Balmes fuera a llamar a los talleres de J. Thomás, en Barcelona, constándole, como le constaba, la consciencia y el buen gusto que suele poner aquella casa en todos sus trabajos. Este no fue cosa de dos ni de tres meses sino de cerca de un año: Thomás, con aquella honradez artística y profesional que era su mejor distintivo, había acabado, como en otras ocasiones, en alguna de la cuales tenemos memoria de haber estado presentes, con anular el tiraje y proceder a uno nuevo, con el consiguiente perjuicio propio. Esto fue la causa de que la tricromía no se pudiera poner a la venta tan pronto como los Balmes deseaban, pero, en cambio, cuando la comenzamos a ver en los escaparates de las librerías, pudimos gozar de la perfección de la obra. No era el primer retrato que se publicaba porque el industrialismo hacía mucho tiempo que se había dado cuenta de nuestra conmemoración y se apresuraba a darle relieve a su manera; pero era el retrato, el verdadero, el legítimo, tanto porque así era en realidad como para constituir una nota de arte indisputable, lo mismo en el original como en la copia. La misma casa Balmes se apresuró a preparar otro curiosísimo retrato moral que saldría en forma de libro y de la composición del cual se había encargado el eximio y apreciado Jesuita P. Ignacio Casanovas. Este libro se titularía Recorts literaris den Balmes, y, con tanto como se había escrito sobre nuestro filósofo y con tanto más como se estaba escribiendo aun, el libro del P. Casanovas tenía que ser el más nuevo y el más interesante. Balmesiano de entera convicción, el P. Casanovas no menos tenía ningún elemento que pudiera contribuir a realzar las solemnidades del Centenario. Fue uno de los más insignes y más amorosos cooperadores que tuvimos fuera de la Ciudad. Del Congreso de Apologética fue uno de los mayores puntales y él mismo llevó granada contribución con su Apologètica Balmesiana, que tenía que adquirir tan gran prestigio cuando fuera lanzada al público. Por sus manos tenía que pasar, además, como uno de los principales relatores del Congreso, casi todos los largos y detenidos trabajos que se iban recibiendo en la Secretaría de la Asamblea, la calificación de los cuales exigía un término preciso y siempre, para un hombre tan ocupado como el activo Jesuita, excesivamente breve. Los Balmes nos preparaban, además, otra cosa de gran interés y que tenía que resultar muy grata al público: una exposición de recuerdos materiales del escritor insigne, desde algunos manuscritos que para casi todo el mundo eran desconocidos hasta las navajas con que solía afeitarse. La familia quería instalar esta exposición tan curiosa en su mismo domicilio de Vic, lo cual ocasionó tráfico de inquilinos y obras importantes que mejoraron, por otra parte, el aspecto y comodidad de la casa, situada, como es sabido, delante mismo de la gran entrada del Palacio Municipal. Cuando la hora llegó, Sales Balmes solicitó y obtuvo el concurso del Conservador del Museo Episcopal, Mosén Gudiol, tan entendido y tan diestro en esta clase de cosas, y así la familia pudo ver realizado tan brillantemente como se había propuesto este halagador homenaje a la memoria de su gran ascendiente. El trabajo de estos preparativos no eximía a Sales Balmes de trabajar en provecho del Comité y él fue, en los meses rigurosos del verano, el exclusivo delegado de aquél en Barcelona, cuando más trabajo había.

VIII) URBANIZACIÓN. –MEDALLA. –SOBRES ANUNCIADORES. – CARTEL Y SU HISTORIA.

ERA natural que la Ciudad se ordenase, como hacen las casas particulares cuando se acerca una fiesta grande. De esto se había hablado muy al principio en las Comisiones, pero todo el mundo había convenido en que era cosa del Ayuntamiento. Y, definitivamente, este, en sesión de 14 de Marzo, trató de tan vital asunto, acordando, como así se hizo, excitar el celo de los vecinos para que renovasen las fachadas de sus casas, siempre que, naturalmente, hubiera motivo o necesidad reconocida. Para sacar mejor provecho de esta disposición se resolvió eximir a los vecinos que atendieran a la súplica del Consistorio de los derechos municipales que se cobran ordinariamente por razón de este tipo de obras. No sabemos si esto, hecho con anterioridad, habría dado un fruto más copioso, a lo mejor no; pero sí se debe consignar que a última hora había tantas empresas de restauración de este tipo, con falta, naturalmente, de trabajadores que, de durar más entonces el tiempo hábil, seguro que el aspecto de la Ciudad se habría notado mucho más espléndido. Ya es sabido que en esto, como en todo, el ejemplo de uno se contagia a otro. Incluso, indirectamente, algunos edificios ganaron, como por ejemplo, la Iglesia de Santo Domingo que ha sacado del Congreso la fachada nueva, y el Teatro, que completó el orden de los palcos de la platea, ganando en comodidad y perspectiva y dando pie al aumento de los ingresos ordinarios. Y ya hablaremos de la gran mejora hecha en la Plaza de Santa María. Paletas, carpinteros, cerrajeros, pintores –sobre todo pintores- llegaron a no entenderse de trabajo: todo el mundo tenía que remendar una cosa u otra. Puede decirse que en un mes se hizo el trabajo de un año y era en gran manera curioso el tráfico de los últimos días. Otra de las cosas que se tenían que reparar con tiempo era remodelar y encuñar una Medalla conmemorativa del Centenario. Ya había hablado también de inicio la Comisión de fiestas cívicas, de cómo había resuelto que se hicieran unos sobres anunciadores, que dibujó D. Manuel Puig y que no circularon con la abundancia que se quería, con todo el buen acierto de dejar espacio para poderse anunciar el comercio o negocio de cada casa. En cuanto a la Medalla, dominó en el Comité el pensamiento de dar al escultor o escultores que quisieran hacerla, el asunto de una y otra cara. Porque la experiencia ha demostrado en muchos casos que no son siempre los artistas los más afortunados en adivinar estas cosas, y aún después tropiezan inevitablemente con el haber de someter su idea con la que le da el que encarga la obra, y, si se trata de una Comisión muy numerosa, id calculando... Por eso se consideró preferible avanzar trabajo y dar a los tres escultores que se habían ofrecido al pensamiento del Comité en seguida. Por su parte el Comité no discurrió mucho: en rigor la Medalla ya venía hecha. En una cara el busto de Balmes; en la otra el bonito sello del siglo XV que el mismo Comité había adoptado para su uso y que daba pie al modelador para hacer una cosa seria y bien acabada. Mientras los escultores trabajaban, el Comité se entendería con el encuñador que mejores proposiciones le hiciera y que fuese considerado más capaz de completar la obra del escultor, circunstancia que tampoco podía olvidarse. Entretanto, llegó de París el Cartel que Sert, el tan discutido y por otra parte tan admirado decorador de nuestra Catedral, se había ofrecido a pintar. Era de esperar que este Cartel sería, dentro de sus proporciones, otra obra peculiar suya, es decir capaz también de dar motivo a largas y encontradas discusiones. Llegó cerca de la Semana Santa, de manera que, después del examen por todos los miembros del Comité y los de la Comisión de fiestas cívicas, se pudo hablar de él y adoptarlo en las sesiones de los días de Pascua. Como el Cartel había sido enviado directamente al Museo Episcopal, allí fue expuesto con buenas luces; de manera que todo el que quiso de entre los interesados lo pudo ver y examinar de arriba abajo y de todos los lados y lo pudo juzgar con completo conocimiento de causa. El primer efecto había sido de sorpresa, porque en la imaginación de cada cual había un cartel y el de Sert no tenía ningún parecido con el de nadie. Lo cual ya valía algo. Después vinieron las apreciaciones más o menos competentes de cada uno, conviniendo, no obstante, todo el mundo en que no se le podían negar dos cualidades: la novedad y la riqueza. Y esto iba aumentando su prestigio. Corregiré la fama de que las figuras que había no cabían dentro de la estrecha moralidad que pedían unas fiestas vicenses. Pero esta fama, nacida de la inconsciencia de pocos, se tuvo que desdecir delante del cartel, y todos los moralistas sin título se pusieron de acuerdo con los que sí lo tenían, y la obra de Sert fue declarada por este lado impecable. Lo cual era otra gran ventaja. Y, aunque anatómicamente se le puso también alguna tara, con todo, al trasladarse la discusión del Cartel al Comité y a la Comisión, no se tenía que hacer nada más que decir si gustaba o no gustaba. Es decir, ni tanto; porque el Cartel era una oferta graciosa aceptada sin distingos sobre, la competencia y la reputación para todos reconocida del artista. Lo que se debía hacer era solamente acordar un voto de gracias por el regalo tan rumboso y enviarlo al pintor en la forma para él más sugestiva posible, como fue una soberbia caja de longanizas a la cual, según él escribió después, hizo, al llegar a París, solemne sombrerazo. Esto es lo que hizo la Comisión y el Comité, pero no sin rebajarse en larga discusión artística que acabó con el natural acuerdo de enviar cuanto más pronto mejor el cartel a la delegación del Comité en Barcelona para que esta llamase a concurso a algunas casas litográficas y les pidiera precios y condiciones para el tiraje, que convenía acabar rápido. La delegación de Barcelona, tanto para facilitar el examen del Cartel a los directores de litografías como para recibir impresiones de gente competente, hizo una exposición privada. Y de la suma de estas impresiones resultó la opinión unánime que la obra de Sert era una obra artística notabilísima, tanto por la valentía y su factura y el sello personal del autor como por la novedad y originalidad del tema. Lo que observaron algunos fue que no era un cartel de calle, que era más para lucirlo en un interior, aplicándole las luces convenientes. Y todo el mundo, finalmente, lo consideró propio de las fiestas que venía a anunciar y de la Ciudad donde estas iban a celebrarse. La adjudicación del tiraje fue dada al impresor-litógrafo D. Joaquín Horta, de Barcelona, que fue quien había hecho entrega de la propuesta más económica. En cambio tenía en perjuicio de sus rivales en concurso, la falta de renombre en este tipo de obras pues, desde entonces, no había tirado, rigurosamente hablando, un solo cartel, lo cual no dejaba de ser un peligro para los que se lo encomendaban. Pero Horta es un hombre de empresa y de voluntad y con el tiraje del Cartel de Sert indudablemente no hizo ningún negocio pero se ganó una reputación que todo el mundo hubo de acatar ante la obra terminada. Eso sí, no costó a todos un montón de tiempo y de paciencia. El Cartel de las fiestas será para siempre un gran y hermoso recuerdo del Centenario. Y, teniendo Cartel, podíamos decir que ya teníamos las fiestas comenzadas. Mucho trabajo avanzado había cuando apareció tan insinuante invitación a los ojos del público.

VII) LA TÓMBOLA. – EL CONGRESO. – EL CONCURSO PECUARIO. – MÁS AÚN DE LAS SUBVENCIONES.

VARIAS veces, desde el primer día de hablarse del Centenario, se les había ocurrido a ciertas personas que podría dar un resultado pecuniario halagüeño la apertura de una tómbola, y, en ocasión en que por segunda y última vez se reunieron las tres Comisiones juntas, se acordó adoptar este pensamiento y nombrar una Comisión especial para llevarlo a la práctica. El nombramiento de esta Comisión se hizo sobre la conocida base de darle representación a todas las sociedades recreativas, lo cual, naturalmente, hizo que hubiera que ser muy numerosa. Veinte fueron estos representantes, habiéndose designado para presidirlos al regidor D. José Mª Bach Alavall. La Tómbola se inició con valentía, plantándosele especialmente el Presidente y los señores D. Ramón Espona, D. Ramón Bach y D. José Illa, y se consiguió que desde el Rey hasta el último vecino de la Ciudad contribuyeran con un presente más o menos rico en la exposición de los objetos. Después de largos y complicados trabajos de preparación, en los cuales intervinieron, además de los comisionados, varias señoritas distinguidas vicenses, se abrió la Tómbola, con sencilla solemnidad, el domingo día 5 de Junio, asistiendo las autoridades y una selecta concurrencia. La instalación se había hecho en el espacioso vestíbulo del local de la Juventud Católica. No era el punto más indicado, sobre todo por lo que tenía de excéntrico, pero no se había encontrado uno mejor. Desde aquel día la Tómbola se abrió con frecuencia, aprovechando todas las ocasiones que prometían concurso, fijando como días ordinarios los jueves, sábados y domingos, y, naturalmente, todos los festivos. Los domingos solía dar atractivo a la vista la música de la guarnición. Los resultados fueron halagadores desde el principio y en general respondieron a las confianzas que se les habían fundado. Entretanto, el Congreso de Apologética iba viento en popa y a últimos de Marzo podía ya asegurarse dos cosas: que no había que preocuparse por el hecho de que se cubrirían con creces todos los gastos que la materialidad de la asamblea ocasionara y que esta revestiría sin duda alguna el carácter de internacionalidad que los iniciadores habían querido darle. El Boletín del Centenario, que tenía que ser órgano oficial de todas las fiestas, se había convertido, por la misma fuerza de las cosas, en gaceta casi exclusiva del Congreso; lo cual por otra parte explica, habiéndose de llevar, como se tenía que hacer, la preparación de las otras fiestas con cierta intimidad que no permitía muchos anuncios ni gacetillas. En cambio, cuando se pudo ya hablar de estas fiestas, entonces no bastó una publicación mensual sino que se tuvo que acudir a los periódicos locales y también a los periódicos de Barcelona. El referido Boletín iba llenando sus páginas de notabilísimas comunicaciones firmadas por personalidades ilustres, soberbia correspondencia que, quedando en el volumen del Boletín, fácilmente encuadernable, será una primera y brillantísima historia del Centenario. Por eso, en este libro, destinado más especialmente a las fiestas públicas, sería pleonástico hacerle muchas referencias, como tampoco nos hará falta hacerlas a la historia propiamente dicha del mismo Congreso, que quedará guardada en los volúmenes que del mismo se esperan. A la preparación de la Asamblea no le falta ninguno de los requisitos que sus organizadores para ella querían. El Episcopado y el Clero español se adherían con entusiasmo a la idea y al acto, como también el extranjero y, especialmente, el americano. La prensa de todas partes se cuidó espontáneamente de hacer una dispersión general de los pensamientos y propósitos balmesianos de la Ciudad de Vic y pronto pudimos gloriarnos de haber obtenido la realización de lo que parecía un sueño: que la idea del Centenario de Balmes fuera un tema de actuación del mundo científico, y no solamente del católico, y que a nuestro gran escritor le viniera de todas partes el homenaje que se había ganado con su grandiosa y duradera obra. Asegurados, pues, los medios materiales para la celebración del Congreso de Apologética, vino el día de hablar ya de una manera definitiva del local en el que podría celebrarse. La idea de tal Congreso había nacido ya con el local predeterminado, la Iglesia de Santo Domingo; pero el natural deseo de encontrar otro aún mejor hizo que no faltara quien sucesivamente pensara en la iglesia y en el claustro de la Catedral; esto dentro de la Junta organizadora de la Asamblea, porque la verdad es que dentro del Comité nunca hubo duda. En efecto, el poder disponer independientemente de Santo Domingo, pasando temporalmente las funciones parroquiales a los Trinitarios; la más que regular capacidad de aquella iglesia, que con su espacioso crucero, permitía levantar cómodas y vistosas tribunas, y la facilidad de adornarla e iluminarla relativamente con poco gasto la designaban como un local insustituible, como realmente lo fue. Además era ya cosa convenida con el Orfeón Catalán que él iniciaría las labores del Congreso cantando el Credo de la Misa del Papa Marcelo de Palestrina, idea que había caído bien a todo el mundo tanto por la propiedad como por el carácter de grandeza que daría a la apertura de la Asamblea; y, haciéndose las sesiones en Santo Domingo, la masa de trescientos coristas de dicho Orfeón no tenía que estorbar para nada, pues podía ocupar el coro al cual era facilísimo dar entrada especial por la Casa de Caridad, pudiéndose servir después del mismo coro como de una especie de tribuna disimulada, la cual muchas personas podrían aprovechar, como así fue. La iluminación del local resultó sencillísima gracias a las proposiciones que hizo D. Sebastián Garriga, de Granollers, quien ha hecho una especialidad con la luminaria de gas acetileno, sacándole mucho de su vulgaridad con la perfección del carburo y la elegancia, completamente nueva, de los aparatos. Y todo esto, tratado con tiempo, estudiado, ensayado, comprobado, ligándolo con los elementos de decoración que se habían ido a escoger a casa del adornista Vinyals, hizo que la parte material del Congreso quedara resuelta con larguísima antelación, de manera que, llegado el momento, tenía que ser la realización de todo esto, faena de pocos jornales. ¡Así se hubiera podido realizar para las otras fiestas! Las subvenciones iban un poco a paso de tortuga. Las elecciones legislativas habían, cuando menos, atrasado a la del Estado y la de la Diputación sabíamos ya que tendría contra que probablemente obligaría a rebajarla. Contábamos con cinco mil pesetas seguras, pero en su día quedaron reducidas a la mitad, dedicando, eso sí, la otra mitad a hacer también homenaje a Balmes, pero sin llevarlas a manos del Comité del Centenario. Volviendo a la del Estado, después de haber visitado al Comité el candidato ministerial D. Rómulo Bosch y Alsina –quien después salió triunfante de las urnas-, antes de los días de la elección, es decir, el 28 de Abril, acordó el Consejo de Ministros la concesión del crédito de las 50.000 pesetas convenidas entre D. Pedro Grau Maristany y el Conde de Romanones. Este crédito tenía que ir aún a información del Consejo de Estado y después a votación de las Cortes. El nuevo diputado trabajó para que estos pasos se pasaran sin nuevas dificultades, como se hubo de cuidar después de que viniesen materialmente los dineros, que bastante se hicieron esperar, llegando, y aún no todos, los mismos días de las fiestas. En definitiva se recogió toda la cantidad, haciendo todo lo que se pudo. Es de justicia consignar que el Gobernador, señor Muñoz, había tomado con evidente simpatía nuestras fiestas. Lo que pasaba era que este retraso en tener el seguro de la pecunia ataba de manos a las Comisiones y especialmente al Comité, sobretodo delante de los comisionados excesivamente dudosos, y retardaba, por consiguiente, la definitiva formulación del programa, que el público pedía con ansia creciente cada día. De esta circunstancia salió poco o muy perjudicado uno de los actos más interesantes y más propios de la comarca que se había acordado incluir en las fiestas balmesianas, dando pie, por cierto, a consideraciones cómicas e infundadas: la celebración de un Concurso regional pecuario. Este Concurso tenía carácter oficial y hubo quien, con convicción y sin animosidad contra Vic, trabajó para que se celebrara en Gerona. Vic había celebrado otro particular, animadísimo, dos años antes, y de ese salió la idea de este. No fue difícil convencer a las entidades oficiales que habían de fallarlo de que lo hiciesen a favor: todo el mundo se empeñó, el señor Obispo de los primeros, y Madrid designó nuestra Ciudad. De Madrid mismo venía dinero para este Concurso, pero era obligatorio destinarlo todo a premios y no quedaba para pagar materialmente la fiesta. La Cámara Agrícola Ausetana se tuvo que encargar y figuró, naturalmente, como cosa suya. La lástima era que las trabas oficiales no la dejaban obrar con libertad, ocasionando pérdida de tiempo y la mengua natural y consecuente entusiasmo.

VI) LAS SUBVENCIONES. – INSCRIPCIONES AL CONGRESO. – LA BIBLIOTECA BALMESIANA. – LÁPIDAS Y MONUMENTOS.

NO teníamos aún, a primeros de Febrero, más subvención resuelta que la del Ayuntamiento. La de la Diputación, por no sacarla miserable del presupuesto ordinario, se logró que pasara al extraordinario, el cual ya sabíamos que no sería presentado y votado hasta el período de sesiones de la primavera. No había más que esperar confiando en que nuestros diputados no se dormirían. En cuanto a la del Estado, no se había dejado piedra por mover. El simpático representante que el Ayuntamiento tiene en Madrid, D. Benito Marcet, lo había tomado como cosa propia. Mientras, el diputado, señor Junyent, no pudiendo estar continuamente en Madrid, lo dejaba encargado a su colega D. Manuel de Bofarull. Desde Vic y desde Barcelona se encargaba a todos los diputados amigos que iban a caerse por Madrid. Dicho señor Marcet metía a los que él conocía, de manera que Moret tenía un memento en cada repique de campana. La subvención, según nos dijeron, se tenía que fijar el primer viernes de Cuaresma, en el Consejo de Ministros. Parecía que se trataba de 25.000 pesetas. Pero el miércoles de Ceniza, como es generalmente sabido, Moret cayó del Gobierno, y he aquí todas las gestiones hechas hasta entonces quedaron malogradas. Subió Canalejas, con el Conde de Romanotes de Ministro de Instrucción Pública, y, apenas había jurado, que ya volvíamos a estar en campaña. No hacía falta dormir entonces, porque veíamos venir una cosa perturbadora, las elecciones legislativas, y era cuestión de aprovechar el tiempo porque, antes de que nos designasen los candidatos hubiéramos arrancado del nuevo Gobierno una palabra que lo ligase y comprometiese. Y ya ves, lector, al señor Alcalde en casa de D. Pedro Grau Maristany, amigo íntimo de Romanones, a pedirle que pusiera en lo de la subvención sus buenos y decisivos oficios. - Ya os la sacaré yo esta subvención – nos decía con su acostumbrada familiaridad, bajando juntos la Rambla de Catalunya,- ¿Quién se atreverá a negar algo a la memoria de Balmes?- Telegrafió y escribió enseguida. Escribió también el Alcalde y, al cabo de pocos días, nos enviaba el señor Maristany una carta del Ministro que decía: «Pueden contar con lo de Balmes. Si no hay otra manera de hacerlo, acudiremos a las Cortes. » Las Cortes estaban ya convocadas. Después, el señor Maristany fue a Madrid y al volver nos dijo: -La cosa va viento en popa. Ya le he marcado al Ministro la cantidad: 50.000 pesetas. No aceptaremos una menor- Y, si bien luego lo tubo que entender el candidato señor Bosch y Alsina, a pesar de que el decreto salió antes de las elecciones, y aún más cuando el candidato era ya Diputado, y a pesar de que Romanones dejó el Ministerio por la presidencia del Congreso, la primera palabra arrancada por el señor Maristany fue la que prevaleció. El crédito acordado por el Gobierno fue en realidad de 50.000 pesetas, que las Cortes votaron con aquiescencia unánime y el Rey firmó con expresa complacencia. No hace falta decir, con esta letra a la vista, cómo creció el espíritu del Comité y de las Comisiones. Por otra parte la rapidez con que se iban cubriendo los talonarios de Congresistas indicaba que la idea del Centenario había caído bien para todo y que nos las podíamos prometer enteramente felices. Claro es que la gigantesca empresa daba trabajo y también molestias y algún disgustito, pero, ¿para cuándo les teníamos que guardar la abnegación y el patriotismo? Nos dedicábamos entonces a las cosas que necesitaban tiempo para hacerse. Entre estas había la Biblioteca Balmesiana, que había acordado fundar la Comisión literaria el mismo día que había resuelto celebrar el Congreso de Apologética. Se trataba de una librería que se colocaría en la Biblioteca Episcopal, dentro de la cual se pondrían no solamente las obras originales de Balmes, sino todas las traducciones y toda la bibliografía de las mismas, y, además, todas las manifestaciones balmesianas de carácter gráfico y, en su día, la documentación del Centenario. El pensamiento no podía ser más atractivo, y, confiada la realización del mismo por la propia Comisión literaria al vocal de la misma, Bibliotecario de la Episcopal, Mosén José Gudiol, el Comité le reservó un espacio correspondiente en el presupuesto general de las fiestas. Se tenía que elaborar el mueble, que sería sencillo pero suntuoso, coronándole un busto del gran filósofo que Mosén Gudiol había ya encomendado al joven escultor i compatricio nuestro, D. José Puntí. Entretanto, mientras se trabajaba en el continente, se iba a comenzar a reunir el contenido, faena que su finalización ha de tardar, que no se acabará nunca tratándose de Balmes. Esta biblioteca tenía que constituir un monumento, pero otros estaban en perspectiva. La Comisión de fiestas cívicas había hablado en su primera sesión de la necesidad imprescindible de cambiar la lápida que sobre el portal de la antigua casa Bojons, ahora casa Fatjó, recordaba la muerte, en la misma, de nuestro gran filósofo. La falta de arte y buen gusto, y la leyenda pésima de aquel mal aventurado trozo de mármol constituían talmente una ignonimia para la Ciudad, que no podía dejar pasar tan buena ocasión sin hacerla desaparecer. La referida Comisión tomó el acuerdo de hacer otra lápida más artística y mejor redactada y, además, encargar una segunda, más sencilla, para la casa natal, estando ya averiguada, como lo estaba, la que era. En su día pasó la ejecución de estos dos acuerdos al Comité y éste inmediatamente encargó a un distinguido escultor, un proyecto de lápida artística para la casa mortuoria. El primer croquis que recibió el Comité fue de su gusto, pero la ejecución del proyecto topó con obstáculos inesperados y se tuvo que suspender. Después nos hubimos de contentar con una cosa más sencilla, pero de todas maneras muy superior a la piedra que logramos sacar. En cuanto a la lápida de la casa natal, había aún tiempo para pensar en ella y se sabía además que el actual propietario de la misma, D. Juan B. Riera, que lo había tomado con singular entusiasmo, quería rehacer y lucir de arriba a abajo toda la fachada, conservando, no obstante y en lo posible su carácter. Y he aquí que, mientras el Comité, iba hablando de estos sencillos monumentos, únicos que tenía en la mano embestir, los vecinos de la plaza de D. Miquel de Clariana, donde radica la casa mortuoria, y los de la calle Dos-Soles se reunieron para ver que podían hacer con ocasión del Centenario. Nació entre ellos la idea de invitar al famoso arquitecto Gaudí a que trazara la forma de un gran monumento, digno de Balmes, con la intención de elaborar un modelo en yeso en la misma plazoleta los días de las fiestas, por si la gente se entusiasmaba, y venía de aquí y de allá la decisión de hacerlo definitivo. Y Gaudí no menospreció la invitación y vino un día a Vic a hacerse cargo del plan, acompañándolo los dos jóvenes arquitectos Canaleta y Pericas. Esta singular visita tenía que acarrear largas consecuencias. Por de pronto Gaudí no aprobó el pensamiento de los vecinos de la plaza de Clariana y de la calle de Dos-Soles y les dijo que era preferible hacer una cosa más modesta y más práctica, un monumento más o menos indirecto del gran escritor, que podía hacerse relativamente con pocos dineros y que consistiría en una fuente de piedra y bronce que se levantaría en la misma placita. Traspasó esta idea al arquitecto Canaleta, quien se encargó de desarrollar el proyecto. Después, pasando por la Plaza Mayor, se le ocurrieron otras ideas, unas de carácter transitorio para la ornamentación de la misma durante el período de las fiestas centenarias y otras de carácter permanente con la monumentalización de la casa natal de Balmes, tema sobre el cual hizo después Pericas un anteproyecto muy subjetivo que a lo mejor hubiera fructificado si el Comité hubiera contado con más dinero, y la colocación de dos farolas de basalto y hierro, también monumentales, con las cuales se adornaría la boca de la calle de Verdaguer, a la entrada de la Plaza. Pensamiento que, por acuerdo de la Comisión de fiestas cívicas del día 28 de Marzo, el Comité llevó después a la práctica. En cuanto a la fuente susodicha, Canaleta llevó al mismo tiempo el proyecto madurado y desarrollado, pero, como era cosa de los vecinos de aquel barrio no se sintieron valientes para embestir su realización. No pasó, en definitiva, de proyecto. Lo cual motivó que, más tarde, el Comité creyera que de ninguna manera podía prescindir de cambiar la lápida de la casa Fatjó, acordando que a todas pasadas se hiciera este cambio, como en realidad se hizo en su día.

V) MEJORAS URBANAS. – LA ESTACIÓN NUEVA DEL FERROCARRIL. - LA BANDERA DE LA CIUDAD.

NUESTRO eximio Prelado, que tan bien había recibido desde un principio el pensamiento de la celebración del Centenario, tuvo una ocurrencia famosa: la de perpetuar con una mejora de carácter urbano el recuerdo de tan gloriosa fecha. El día 11 de Diciembre había dirigido al Ayuntamiento una memorable comunicación, que publicó toda la prensa local, ofreciendo costear el empedrado, tan necesario, de la Plaza de Santa María, a fin de que en los días de las fiestas, en que sería tan concurrido aquel lugar público, ofreciera un carácter verdaderamente urbano que completara que completaba el que ya le daban los edificios. El señor Obispo, al hacer esta generosa oferta, tenía también en cuenta que la realización inmediata de esta obra pública aliviaría la falta de trabajo que en los meses de invierno suele haber en la Ciudad dando ocupación a un número regular de brazos. El Ayuntamiento debía cuidarse de dicha realización y S. S. I. entregaría inmediatamente la cantidad que aquél, previos los estudios facultativos, considerara necesaria. No hace falta decir con que satisfacción recibió la Corporación municipal tan graciosa y noble oferta y con que entusiasta aplauso la conocieron los ciudadanos. Los estudios empezaron enseguida, comprendiendo la obra el correspondiente enlace con las calles afluentes a la secular placita, que debe su nombre a la primitiva parroquia de Vic, la Iglesia de la Rodona, de la cual hace conmemoración el templo de Nuestra Señora. Otra obra importantísima, a la cual hemos hecho ligera indicación en el anterior capítulo, se había iniciado en aquellas postrimerías del año y se iba trabajando a marchas forzadas, aunque a la quieta, porque lo que de principio hacía el efecto de un sueño, se convirtiera en una lisonjera realidad. Expliquémonos. Hacía tiempo que la Compañía de C. de F. del Norte tenía el propósito de modificar radicalmente nuestra Estación. El tráfico cada día era creciente y la nuevamente abierta calle de Verdaguer lo imponía. El exceso de mercancías y la falta de vías muertas habían ya obligado a ampliar la Estación vecina de Balenyá, pero esto no bastaba. Por otra parte, el mezquino edificio de la Estación, levantada en el año de 1874 con mejor deseo que capital, era una vergüenza para la Ciudad y para la misma Compañía. Se tenían que sacar ya vagones fuera, a lo que era paso de carruajes, y algunas veces se tenía que considerar como dependencia de la Estación el apartador de la Azucarera. Nadie más convencido que la Compañía de que esta situación no podía alargarse más, y ya hacía años que se habían trazado planes y proyectos que no eran más que entretenimientos, y, aun así, no se realizaban. Convencida la Compañía de la necesidad de una reforma seria y definitiva, siendo conocido este espíritu por la misma, y profundizando la conjetura de haber entrado en la Dirección general un hombre activo y decidido, partidario de incesantes mejoras, D. Félix Boix, se les ocurrió a quienes estaban en la interioridad de estas cosas que el Centenario era una gran ocasión para decidir que la Compañía avanzara una obra que ella misma consideraba inexcusable. Quien más pensó en ello, ya de inicio, aprovechando sus buenas relaciones con su alto personal fue D. Francisco Ribas, de la conocida casa comercial Ribas y Pradell. Él vino a hablar de este tema con el Ayuntamiento, después de haberse ocupado de lo mismo con el Diputado provincial D. Félix Fages, y los dos cooperando con todas sus fuerzas, envistieron la negociación que, por de pronto, dio solo un resultado medio, puesto que la Compañía, convencida de las razones que se le expusieron, se mostraba dispuesta a hacer la obra cuanto más pronto mejor, pero no podía ofrecer el levantar el edificio nuevo de viajeros hasta el año 1911. Nadie quiso rendirse; se redoblaron las negociaciones y los esfuerzos; se hizo interesar a todo el mundo que podía tener sobre la Compañía algún ascendiente; se puso talmente cerco al Presidente del Comité de Barcelona, D. Manuel Arnús, ya bien dispuesto por su lado para complacer a la Ciudad; se invocó de la manera más solemne el nombre de Balmes, y por fin la Compañía, condescendiendo a tanta solicitud, comenzó lo más pronto posible el edificio de viajeros de la Estación nueva, y tal como lo prometió lo cumplió. Se ha de hacer constar aquí que la actividad desplegada por el ingeniero señor Castellón hizo más posible, por decirlo así, la ejecución de la obra. Se formalizaron los planos, se les dio aún ensanchamiento antes de llevarlos a la práctica, se hizo pública exposición y la Ciudad se convenció de que realmente sería un hecho el tener Estación nueva para recibir dignamente los numerosos forasteros que vendrían a las fiestas del Centenario. El día 20 de Febrero, con gran solemnidad, se puso la primera piedra, que bendición primero el señor Obispo. Al acto asistió el Comité de Barcelona y fue representado el Gobernador Civil, haciéndose venir también a la prensa diaria, acabándose la fiesta con una comida en la Casa de la Ciudad, ofrecida por el Municipio. El señor Font y Manxarell, que el día de Fin de Año había empuñado la vara de Alcalde y que era, por consiguiente, quien hablaba en nombre de la Ciudad, dijo muy bien que aquella era la primera fiesta del Centenario. La obra subió deprisa, tanto que, de haber convenido, podía haberse inaugurado a los tres meses. Pero ya se tenía el pensamiento de incluir esta inauguración en el período que llamábamos de las fiestas pequeñas, de las comprendidas entre el 28 de Agosto y el 7 de Septiembre, no ciertamente porque la fiesta fuera pequeña sino a fin de que para las fiestas grandes sirviera ya la nueva Estación, cosa que a quien más convenía era a la Compañía, la cual con tanta convicción y entusiasmo se juntó a la alegría de la Ciudad en ocasión del Centenario que incluso prometió hacer constar por medio de una lápida de mármol y bronce en el edificio de la nueva Estación que ésta había sido construida para esta ocasión, queriendo contribuir en lo que podía a la gloria perpetua de Balmes. Y ahora tenemos que retroceder un poco para hablar de la bandera de la Ciudad, toda vez que se aprovecharon las fiestas de navidad y fin de año para entablar este otro asunto, que tiene, como todos los otros, su parte de historia íntima digna de ser conocida. El comité había recibido favorablemente la propuesta de la comisión de fiestas cívicas y había convocado una gran junta de señoritas, escogidas entre todas las clases de la Ciudad, es decir, procurando que todas las clases fueran representadas en ella. Más de setenta eran las llamadas y fueron más de sesenta las que respondieron a la llamada, excusándose antes o después casi todas las otras o por enfermedad, fruto del tiempo, o por ausencia. El Alcalde, presidente del comité, expuso el objeto de la junta y se nombró enseguida una comisión ejecutiva, sacada de las mismas señoritas convocadas, dándosele, como a las restantes comisiones, la facultad de ampliarse por ella misma, si el trabajo lo hiciera necesario. Como así se hubo de hacer con posterioridad a la junta. Presidió dicha comisión ejecutiva la Srta. Pilar Feu y Albareda, que tuvo que venir expresamente de Barcelona, donde residía temporalmente, para que la comisión pudiera constituirse y ya enseguida se hizo lo que era natural hacer, encontrar datos históricos de como había sido la bandera de la Ciudad y como, por consiguiente, tenía que ser. Fue encargado este trabajo al conservador del Museo Episcopal, Mosén José Gudiol, el más indicado para hacerlo, quien, a pesar de que las investigaciones no dieron resultados abundantes, pudo muy pronto trazar un pequeño croquis de lo que, en virtud de estas investigaciones y de los datos generales arqueológicos, tenía que ser la nueva bandera. Las chicas lo vieron claro y aceptaron el croquis, pero Mosén Gudiol no se dio por contento, y al cabo de pocos días, en Barcelona, escuchando de pasada uno de los agradables conciertos ordinarios del Orfeón Catalán, trató de interesar al joven y ya bien distinguido arquitecto D. José Mª Pericas, quien, sintiéndose vicense como es y queriendo y cultivando este tipo de manifestaciones artísticas, se ofreció incondicionalmente y generosamente a poner todos sus conocimientos y todo su buen gusto en esta patriótica obra. La cual él entendió que tenía que ser completa, que la idea de la Bandera no había de limitarse a la tela sino que debía extenderse al palo y a la misma lanza. Tenía que ser antigua y a la vez nueva, todo lo tradicional y todo lo original que fuera posible. Y no tardó muchos días en enseñarnos en Barcelona un dibujo en pequeño que fue sometido enseguida a la Comisión de chicas. Y, como era de esperar, a las chicas les gustó mucho el dibujo y, a pesar de que el coste de la Bandera era de prever que sería un poco subido, la Comisión, de acuerdo con el Comité, dio orden de llevar a la práctica el proyecto, mientras se penaba como se harían los dineros para pagar la obra. Las chicas ya se habían avanzado imponiéndose un gran sacrificio: el de ir todas ellas, divididas en secciones, de casa en casa a recolectar para la Bandera. Esta colecta ofreció los incidentes, unos molestos, otros graciosos, que suelen dar estas cosas. Pero el resultado fue brillante y se logró el deseo de las chicas y del Comité de que se pudiera decir que en la elaboración de la Bandera había contribuido toda la Ciudad. Se habían llenado más de las tres cuartas partes del presupuesto que había formulado Pericas y aún quedaban esperanzas de llenar más esta hucha. El trabajo de la Bandera sería largo, porque entraban el pintor, el bordador, el escultor, el platero, la costurera, y aún lo primero que se tenía que hacer era tejer la tela en Valencia, para obtener la entonación que el proyecto exigía. Pero la Bandera, con la ayuda de Dios, estaría a la hora marcada.

IV) EL CARTAPACIO DE LAS FIESTAS CÍVICAS. – FECHA DE LAS FIESTAS. – PRIMERAS RESOLUCIONES. – COMISIONES AUXILIARES Y SUBCOMISIONES.

EL Ayuntamiento, que había sufrido ya a primeros de Julio cambios notables en el personal, iba a sufrir aún nueva reforma de fin de año. Esto no tenía que influir en la marcha de la preparación del Centenario, porque cualquiera que fuera a sentarse en los escaños consistoriales ya se sabía de antemano que se tenía que llevar un encendido patriotismo y un sincero entusiasmo por los actos que se iban preparando. No obstante la circunstancia de que la modificación en el Consistorio, daba al caso más gravedad e imponía a las Comisiones una expectación respetuosa. Con todo esto fue una de la reuniones más trascendentales, y también de las más concurridas, la que tuvo la Comisión de fiestas cívicas el día de San Esteban, 26 de Diciembre, en medio de la animación popular de aquellos días, cuando ya el tema de todas las conversaciones, casi podríamos decir la observación de todo el mundo era el Centenario. Además aquel día el pueblo estaba contento y alegre por la llegada de los soldados de la guarnición que venían triunfantes de Melilla, lo cual podía ser considerado como el acto de clausura del período de crisis y abatimiento que había quedado abierto en esta Ciudad el 28 de Julio, de triste memoria. Iba a presentarse a los comisionados el proyecto entero de fiestas cívicas, el Cartapacio que le llamamos. Ya antes se había convenido con el Comité los días precisos en que, con la aprobación de las Autoridades, se desarrollarían las fiestas generales. La Comisión de las fiestas cívicas había indicado los días 7 a 11 de Septiembre, que ofrecían la ventaja de comprender, en poco espacio de tiempo, dos fiestas de precepto, el jueves, nacimiento de Nuestra Señora, y el domingo. Aceptado esto por todo el mundo, el Cartapacio desgranaba el proyecto dentro de estos cinco días, entendiéndose, no obstante, que ya el día 28 de Agosto, el del Centenario, habría fiestas religiosas y populares, bien que de carácter más local o doméstico, a las cuales podrían seguir dentro del período de tiempo comprendido desde aquel día 7 de Septiembre otros actos de carácter literario, o bien fiestas de otra clase, alguna de mucha trascendencia ya que en aquellos días comenzaba a verse e incluso se estaba trabajando a la quieta. Ya vendrá la hora de hablar de ellas. Volviendo al Cartapacio, lo primero que hacía era tratar de las líneas generales de las fiestas cívicas, por ejemplo de la decoración de calles y plazas y de las luminarias públicas, proponiendo que de la Plaza Mayor y de todo el anillo de las Ramblas se encargara la Comisión para asegurar más fácilmente el éxito. Esto fue aprobado por unanimidad, considerándolo inexcusable. Proponía también el Cartipacio que inmediatamente fuesen contratadas dos de las mejores coplas ampurdanenses durante cuatro días, a fin de sostener continuamente la animación pública por medio de las sardanas, ya tan aclimatadas a la Ciudad, además de que podrían servir para alguna otra fiesta que en el Cartapacio venía incluida. También esto fue aceptado, bien que más tarde, con peor acuerdo, un poco asustados algunos señores de la Comisión por las proporciones del presupuesto y de la gansería con que veía que vendrían las subvenciones, se resolvió que nada más fuera una la copla, pero que se supliera la falta de la otra con las coplas de la Ciudad. El Cartapacio proponía, además, que se buscara la manera de que la Ciudad tuviera una bandera oficial, como históricamente la había tenido, y que fuese lo más rica posible, proyecto para la realización de la cual podía encargarse a las mozas vicenses. Otras cosas de carácter general, ya de menor interés, proponía el Cartapacio antes de detallar particularmente cada una de las fiestas, lo cual hacía minuciosamente, a fin de que todos los comisionados se empaparan bien de la filosofía de todas ellas y comprendieran fácilmente el éxito popular que infaliblemente habrían de tener. Enumerar las fiestas ahora aquí, sería avanzar la reseña de las mismas, porque se puede decir que en ocho meses no hubo en la Comisión una sola duda, como no sea el temor de que los dineros no llegasen. El proyecto, o Cartapacio, ampliado aún en la conversación, fue en el conjunto y en los detalles aprobado por aclamación y todos los actos que lo formaban pasaron en su tiempo a la realidad, excepto uno de mucha magnitud, señalado para la velada del día 7, la Kermesse o fiesta popular holandesa, que se suprimió en el programa porque no habría habido tiempo ni espacio en días tan ocupados para prepararla y celebrarla. Además, por la animación pública se vio que no era necesaria. Tiene, no obstante, que constar aquí el vivo pesar con que todos nos decidimos por suprimirla. La larga sesión aún no se acabó hasta después de haber convenido todos en que era necesario para desarrollar tan complicado programa nombrar subcomisiones o comisiones auxiliares y muy especialmente un artística que se cuidara de la decoración y luminaria de Plaza y Ramblas. Se pediría al Comité Ejecutivo que designara inmediatamente esta comisión e interinamente se nombró una subcomisión que se pusiera a trabajar al día siguiente mismo para asegurar, para los días de las fiestas, el fluido eléctrico que fuera necesario para las luminarias oficiales y particulares, faena que necesitaba mucho tiempo y mucha constancia. Cuando nos levantamos de aquella inolvidable sentada pudimos decir con el futuro presidente de la Comisión: «Avuy sí qu’hem fet feyna» («Hoy sí que hemos hecho trabajo»). En efecto, quedaba consolidado y firme el cimiento de todas las fiestas públicas, que, por otra parte, concebidas a lo grande, habían de darnos a los comisionados suficiente revuelo y suficiente fatiga.

III) CRISIS Y SUSPENSIÓN DE TRABAJOS. – LAS SUBVENCIONES. – EL CONGRESO. – EL BOLETÍN. – COMISIÓN A MADRID. – ADHESIÓN DE LA CORONA.

AL día siguiente de esta reunión, como ya he indicado, la tranquilidad de Vic se perturbaba por el ruido de las cosas de Barcelona. No se ha de explicar el deje que tuvieron esos sucesos tan inesperados como depresivos en el espíritu público. Ya antes, la guerra de Melilla y los efectos primeros del llamamiento de los reservistas habían influido en el ánimo de nuestro pueblo, a quien habría sido contraproducente, mientras aquella terrible impresión durase, hablarle de fiestas. Por otra parte, las mismas Comisiones, con el tiempo que tenían por delante, pospusieron su trabajo hasta que las condiciones se consideraran seguras. Colectivamente, pues, dejó de trabajarse con el propósito de no convocar nueva reunión hasta que las aguas revueltas volvieran a su cauce y el espíritu hubiera salido poco o mucho del natural abatimiento, pero particularmente se fue siguiendo el trabajo. Una de las cosas que no nos permitían perder un día era la petición y trabajo de las subvenciones oficiales, sin las cuales no podíamos encarrilar seriamente ningún punto importante de nuestros proyectos. El primero a quien se habló, ya antes de que se constituyeran las Comisiones, para que trabajase en este asunto cerca del gobierno de Maura, fue el Senador compatricio nuestro D. Ramón de Abadal, quién logró que tanto dicho Maura como el Ministro de Instrucción Pública, Rodríguez Sanpedro, como el Subsecretario, Silió, que era quien tenía que hacer práctica la cosa, se mostrasen unánimes en considerar la subvención como un deber nacional. El último encomendó al señor Abadal que los mismos organizadores de la fiesta estudiasen la manera concreta de pedir y obtener la subvención, amojonando la cantidad que deseaban o les convenía, procurando que el gobierno la pudiera sacar de los recursos ordinarios, sin necesidad de acudir a un crédito especial que tendrían que votar las Cortes. Y se había estudiado ya en aquellas fechas y se había visto que, para obtener una cantidad regular, era imposible, como así tenía que resultar después, prescindir de dichas Cortes. Y a las Cortes se habría acudido, si al cabo de pocos días de haberse abierto, cuando aún no había habido tiempo de preparar nada, no hubiera caído el gobierno de Maura, llevando su caída la disolución de aquellas. La cuestión se tenía que entablar de cabeza y de nuevo con el gobierno liberal, que presidía Moret, quien tiene el origen familiar en nuestra Plana. Mientras tanto ya se había solicitado de la Diputación provincial la otra subvención que pretendíamos, y, aunque ya viéramos enseguida que no nos daría lo que deseábamos, nos prometió hacer todo lo que pudiera dentro de sus recursos. Excusado es decir que en estas gestiones desplegaba la mayor actividad el Diputado señor Pericas. En cuanto al Ayuntamiento de Vic, estaba ya trabajando entonces en consignar para las fiestas, en el presupuesto municipal de 1910, la cantidad de 10.000 Ptas. La Comisión literaria había acordado definitivamente, el 15 de Julio, la celebración del Congreso internacional de Apologética de que antes hablaba y se habían hecho en el orden particular ciertas probaturas que demostraban que la idea sería acogida por todas las partes con calor y entusiasmo. Una Junta especial, que presidía el señor Canónigo Collell y tenía por activo Secretario el Dr. Marian Serra y Esturí, iba preparando la convocatoria de la Asamblea y la publicación de un Boletín mensual que sería órgano de dicha Junta y de todas las Comisiones del Centenario. Entre los iniciadores de este hacía tiempo que se había hablado de otra cosa que se consideraba de mucha importancia y trascendencia, es decir, la idea de que una Comisión fuera a Madrid a entrevistarse con el Rey y el Gobierno y notificarles lo que queríamos hacer en el Centenario. Al Rey y a Maura, ya se les había dicho, cuando vinieron a Vic en Noviembre de 1908; pero al primero era un deber de cortesía recordárselo y, en el caso del segundo, se tenía que hacer saber a su sucesor tanto por atención como por tenerlo propicio. Es claro que de pasada podía entablarse nuevamente el negocio de la subvención, a la cual tanto perjudicaban los conflictos políticos. Tanto el Rey como Moret recibieron galantemente a los comisionados, que fueron el primero y segundo Alcalde, D. Florencio de Riera y D. Domingo Camps, y el señor Canónigo Collell, y Moret recordó espontáneamente el doble deber que tenía de trabajar en lo de la subvención: por tratarse de una gloria nacional como la que se trataba y por venir la petición de una tierra que, en rigor, es su tierra. Al Rey se le pidió su presencia o la de un delegado especial en las fiestas, y el Rey prometió que, por poco que pudiera, vendría él en persona, pero que de todas maneras el delegado que nombrara sería de la real familia. La Comisión volvió contenta y satisfecha de Madrid, habiendo dejado encarrilado y bien encomendado el asunto de la subvención, sobre la cual había hecho buenos augurios el Ministro de Instrucción Pública, que era entonces don Antonio Barroso.

II) LOS TRABAJOS DE LAS COMISIONES. – EL COMITÉ. – LAS PINTURAS DE LA CATEDRAL. – LA MISA DEL CENTENARIO.

MEMORABLE será para siempre la primera sesión que tuvo la Comisión de fiestas cívicas. Con entusiasta unanimidad queda aceptado por los comisionados aquel criterio de amplitud y de grandeza con que había nacido la idea del Centenario y todo el mundo se mostró dispuesto a vencer todos los obstáculos y todas las mezquindades que salieron en contra. Puede decirse que en aquella reunión quedaron asentados los fundamentos firmísimos de nuestras inolvidables fiestas. Entre los acuerdos tomados aquel día hubo uno de gran importancia y de innegable trascendencia: aceptar la oferta dada por el insigne pintor D. José Mª Sert de pintar el Cartel del Centenario. Bastó la fama del gran artista para que el acuerdo se tomase por unanimidad absoluta. En la misma sesión ya salieron un montón de ideas, que entusiasmaron a todos, que podían llegar a ser actos del Centenario; pero aún era demasiado pronto para hacer un programa. No podíamos olvidar que sin contar con dinero, presente o futuro, no nos teníamos que arriesgar y de cualquier cosa que hablásemos no la podíamos hacer más que en hipótesis. Este dinero indispensable se tenía que ir a pescar principalmente en tres subvenciones oficiales: una del Estado, otra de la Provincia y otra del Municipio. Se acordó designar a gente que comenzara a trabajar en esto, y, realmente, no se tardó mucho en poner manos a la obra, como diremos más adelante. Dos o tres sesiones había tenido ya la Comisión de fiestas cívicas cuando se creyó conveniente reunirlas todas para cambiar impresiones y nombrar, a petición de la primera, con representantes de las tres, un Comité Ejecutivo que diera unidad y firmeza a los trabajos, evitando la pérdida de tiempo y los obstáculos que suelen llevar las juntas muy numerosas. El día de esta reunión general fue el martes 27 de Julio, el de la Semana trágica, vigilia de los acontecimientos, afortunadamente poco importantes, que hubo en Vic como consecuencia de lo que estaba pasando en Barcelona. Algunos de los religiosos que aquella noche asistían a la junta habría sido difícil encontrarlos al día siguiente por la Ciudad con los mismos hábitos. La sesión fue un poco larguita, pues, después de haber manifestado cada Comisión el criterio por el que había entrado en funciones, se habló del proyecto de Comité, que fue aceptado unánimemente, entrándose enseguida a hacer la elección de las personas que habían de constituirlo. Esta elección fue hecha también por unanimidad, como fueron también comprendidas y aceptadas por todo el mundo las facultades que a dicho Comité se asignaban y el principio fundamental de que él era representación legítima y autorizada de las tres Comisiones. Fue nombrada, además, una comisión de vicenses residentes, constantemente o temporalmente, en Barcelona para que se cuidara de la mucha faena que habría allí y especialmente del empuje de la marcha de las subvenciones. Fueron designados para figurar en los primeros lugares de esta Comisión barcelonense el Diputado a Cortes, que era entonces D. Miguel Junyent, y el provincial D. Luís Pericas. Después de esta elección la Comisión de fiestas religiosas dio cuenta de haberse reunido ya y haber aceptado una de las ideas que particularmente le habían sido indicadas. Hablemos de esta idea. Cuando, por Pascua Granada de 1908, vino a Vic el Orfeón Catalán para tomar parte en las fiestas que se celebraron con ocasión del XI Congreso de la Federación Agrícola Catalana-Balear, al despedirnos en la estación del ferrocarril de los entusiastas orfeonistas, les dijimos: «De aquí a la vuelta, por el Centenario de Balmes». Y los orfeonistas, aceptando la graciosa invitación, dijeron también: «De aquí al Centenario de Balmes». Parecía tan natural y era tan grato a todo el mundo que el Orfeón Catalán volviera en tan gran ocasión que el autor de la presente crónica, antes de la primavera de 1909, en una de las sesiones ordinarias de la Junta Directiva de dicha Asociación, hizo, desde su sitio de Secretario de la misma, petición formal de que el Orfeón Catalán viniera realmente a Vic, salvando, no obstante, lo que las Comisiones oficiales acordasen. La Junta del Orfeón aceptó unánimemente la propuesta y después la Comisión de fiestas cívicas, por la parte que le tocaba, no creyó que se tuviera que hablar de la venida de dicho Orfeón, considerándolo como una cosa que se tenía que aceptar, nacida por ella misma, con íntima satisfacción de todo el mundo. Y ahora la Comisión de fiestas religiosas lo aceptaba también, con el propósito de confiarle la ejecución de la Misa que se cantara en la gran fiesta religiosa que se intentaba celebrar, por antigua iniciación del propio señor Obispo, el día principal de las fiestas. Como los iniciadores del Centenario no dormían, ya muchos días atrás habían pensado en esta Misa. En esto había un intento de dar faena al Orfeón, solo que por de pronto no se podía esclarecer que clase de faena. Ya se había hablado también con los Maestros de la célebre corporación artística el día de la Junta citada. Se había tratado de si sería posible hacer coincidir las fiestas centenarias con la inauguración de las pinturas de nuestra Catedral, confiadas como es sabido, a D. José Mª Sert. Hasta los periódicos lo habían dicho que sería posible, lo cual habría añadido un nuevo y grandioso atractivo a las susodichas fiestas. Y muchas personas daban ya la cosa por infalible; pero las Comisiones no podían andar más que a la segura, y, una vez informadas, vieron que no se podía contar con dicha inauguración, puesto que ni las pinturas estaban lo suficientemente avanzadas para que así pudiese ser ni Sert tenía obligación de tenerlas listas para aquella época. Entonces se pudo hacer en éste particular faena definitiva. Para el caso de que las pinturas se hubieran podido inaugurar, el Orfeón Catalán tenía un cierto compromiso con el famoso maestro Vicente de Indy, director actual de la Schola Cantorum de París, de cantarle una misa que él, con este motivo, habría escrito, oferta que acababa de confirmar entonces. Se había hablado también de una inauguración fragmentaria de las pinturas, idea que fue abandonada porque no habría sido del gusto de todo el mundo y las Comisiones no podían dar pié a que se alterasen en ningún sentido los compromisos existentes entre Sert y el Cabildo. Descartada la Misa de Maestro de Indy, se acudió a otra idea que simultáneamente había nacido y que había sido aceptada en principio, y con gran calor, por los Maestros del Orfeón Catalán. Esta idea era la de una Misa completamente nueva que escribiría el Maestro de Capilla de la Catedral, padre Luís Romeu, y que vendría a ser como un hermanamiento, lo mejor hecho posible, del antiguo canto popular gregoriano con la música religiosa moderna. Esto tendría, sobre todo lo demás, la ventaja de permitir a las chicas del Orfeón tomar parte en el canto de la Misa. La base y punto de partida de esta sería la gregoriana llamada De Angelis. Los versos que padre Romeu nuevamente musicaría serían cantados desde el Coro por las secciones de hombres y chicos del Orfeón y desde debajo de la nave mayor de la Sede responderían las chicas junto con un coro popular, lo más nutrido posible, que se procuraría formar con gente de la Ciudad, acostumbrada a cantar, hombres y mujeres, sobre la base de la misma Capilla de la Catedral. Gran idea de la cual todo el mundo, después se tenía que felicitar ante el grandioso, aunque no inesperado éxito. Puestos de acuerdo ya el Maestro Romeu y el Orfeón Catalán, indicada teóricamente por aquel la idea al Maestro Mollet una tarde de sobremesa, y prácticamente sobre las teclas del piano, ya no faltaba más que formalizar la partitura, enviarla a Barcelona, sacar las particelle y con la debida anticipación estudiar y ensayar con el amor que del insigne Director del Orfeón Catalán debía esperarse. Las Comisiones ya no tenían nada más que hacer en este asunto. En aquella asamblea llena de Comisiones, la idea fue recibida con entusiasmo, y esto y otras cosas que se dijeron allí y que indicaban todas y cada una la grandiosidad que iban a revestir las proyectadas solemnidades, hicieron que el tiempo pasara sin que nadie se diera cuenta y que se tuviera que levantar la sesión sin tomar otros acuerdos que tenían cierta urgencia.

I ) ANTECEDENTES. – LA MEMORIA DE BALMES. – LA PRIMERA LLAMADA DEL CENTENARIO. – LA JUNTA ELECTORA.

SE ha de, antes de todo, dejar bien asentado que el elemento intelectual de la Ciudad de Vic no había perdido nunca la devoción a la memoria de Balmes. Durante largos años, al cumplirse el aniversario de su muerte, el día 9 de Julio, el Círculo Literario celebraba una sesión apologética del gran filósofo, la cual había dado ocasión a los más granados escritores vicenses y a otros forasteros a que le hiciesen su homenaje desde aquella respetable tribuna. Dicha sesión era hasta reglamentaria, si bien en general no pasaba de un acto familiar, severo, no obstante, y sumamente agradable. El Círculo Literario, habiendo sufrido en el año 1902 una radical transformación en su manera de ser, se encargó desde 1903 de pagar este tributo añal a la memoria del escritor inolvidable la nueva Asociación patriótica Catalunya Vella, que presidía entonces el que escribe estas páginas. La sesión se celebró aquel año en la gran sala de la casa mortuoria de Balmes, propiedad de D. José Fatjó Vilas, Presidente que fue después, y vuelve a ser ahora, de Catalunya Vella. El acto fue también sencillo, pero lleno de animación y entusiasmo. El señor Canónigo Collell leyó un hermoso trabajo sobre las relaciones de Balmes y León XIII, y el Presidente de la Asociación, al concluir el acto, exteriorizando por primera vez un sueño de juventud, dijo que debíamos empezar a preocuparnos de la celebración del Centenario del nacimiento del gran vicense la muerte del cual conmemorábamos, añadiendo que, si bien era cierto que aún faltaban siete años para llegar a la fecha que se trataba de celebrar, todo este tiempo se había de considerar necesario para preparar una cosas digna, que correspondiera a la fama universal de que goza el primer filósofo español de la decimonovena centuria, según calificación de Menéndez Pelayo. El lucido concurso que llenaba la hermosa sala de la antigua casa Bojons, y en especial los socios de Catalunya Vella, aplaudieron calurosamente la excitación del Presidente y se puede decir que entonces empezó la preparación del Centenario. Por de pronto, la referida Asociación no deja ni un solo año de repetir la conmemoración de la muerte del filósofo, dándole cada vez más solemnidad y más importancia. Desde 1904 la sesión apologética se celebra en la sala del Templo Romano, presidiéndola el señor Obispo, consiguiendo que asistiera también el Ayuntamiento en corporación, acompañándole la Banda municipal. Confió cada año el discurso a una distinguida personalidad, ya eclesiástica, ya secular, estampándolo cada vez, comenzando así a formar una loa continua y duradera de nuestro gran sabio. Con esto se iba fomentando aún más la devoción popular a su memoria y se iba encendiendo el fuego al calor del cual se maduraba en el sí de la Asociación el pensamiento de las fiestas del Centenario. Para añadir más leña, vino a la fiesta de 1906 un inesperado episodio. Después del acostumbrado discurso, que hizo aquel año D. Francisco Albó, subió a la tribuna el conocido escritor D. Jaime Maspons y Camarasa y leyó unas notas interesantísimas que atañen al hecho de haber escrito Balmes su famoso Criterio en un manso situado cerca de Sant Feliu de Codines, término municipal de Caldes de Montbuy, llamado Prat de Dalt. La comunicación fue recibida con aclamaciones de júbilo y allí mismo nació la idea de colocar en aquella casa una lápida conmemorando un hecho de tanta importancia. Catalunya Vella lo tomó como una obligación de honor; se extendió enseguida con la cooperación del señor Maspons, con el propietario de dicha casa, D. Salvador Boquet, y, gracias a la loable conducta y al entusiasmo de este patricio, la idea se hacía realidad el día 23 de Septiembre del mismo año, con pompa singular, asistiendo en corporación los tres Ayuntamientos de Caldes de Montbuy, de Vic y de Sant Feliu de Codines, representantes de la prensa de toda España, especialmente de los periódicos de información gráfica, y un gentío grandísimo venido de todas las poblaciones cercanas. Tuvo la fiesta tanta resonancia que pudo ser considerada como el primer toque público de atención para celebrar dignamente el Centenario. Catalunya Vella, satisfecha de aquel éxito, se aplica cada día más a construir los cimientos. Pronto algunas cosas de las que se decían allí dentro trascendieron a fuera, dando buen pie a los magistrados de la Ciudad para hacer el inicio oficial del Centenario el 16 de Marzo del año 1908. El Ayuntamiento, que presidía entonces Don Florencio de Riera, viendo ya relativamente próxima la fecha de aquel, nombró una Comisión para que hiciera sus primeros estudios. Esta Comisión visitó al señor Obispo, quien comunicó la propuesta que se le había hecho en el Cabildo Catedralicio y en el Seminario, saliendo de estas gestiones una Junta mixta que se tenía que convertir después en Junta electora de las definitivas Comisiones. Esta Junta se convenció fácilmente de que era necesario tomar las cosas con mayor empuje, interesar a todos los que podían y querían trabajar en él y no circunscribir el pensamiento en los estrechos moldes locales, llamar a la gente de fuera y dar a la fiesta carácter internacional. Es de justicia consignar que esta idea la había aceptado ya la referida Comisión municipal y está claro que a la hora oportuna tendría que haber cogido también el camino ancho, haciéndose acompañar por los que lo conocían. En el plan inicial de Catalunya Vella entraba la celebración de un Congreso filosófico internacional, entendiendo que el nombre de Balmes aseguraría el éxito del mismo. Esta tenía que ser la verdadera base de las fiestas y lo que tenía que dar el tono a los actos que se proyectasen. Después de varias conversaciones íntimas en que se discutió si el Congreso era mejor que fuera apologético que filosófico, y no llegados aun a una resolución definitiva, se puede decir que de todas maneras la celebración de un Congreso internacional queda virtualmente acordada con la aceptación de señor Obispo el día 17 de Enero de 1909. Mucho antes, no obstante, se habían oído ya las llamadas públicas del Centenario. Inmediatamente después de hecha la acostumbrada conmemoración en el Templo Romano, el 5 de Julio de 1908, cuando aún el Ayuntamiento y la Junta de Catalunya Vella no se habían despedido del señor Obispo, se trató en el mismo Palacio Episcopal de si se acordaba emprender los preparativos con la amplitud que el caso dictaba, y, resuelto afirmativamente, dos días después la referida Junta electora se reunía en el propio Palacio para designar las Comisiones definitivas. Casi inmediatamente salía en la Gazeta Montanyesa el siguiente artículo, que reproducimos aquí porque fue el documento que, pasando de un periódico a otro removió toda Cataluña y toda España y fijó los ojos de todo el mundo en nuestro proyecto, y también porque incluye, en concretas palabras, el pensamiento que Catalunya Vella había ido madurando desde la memorable fiesta de can Fatjó, en el año 1903, y hasta la forma de desarrollarlo, la cual, salvando detalles, fue la que domina dentro de las Comisiones del Centenario. El artículo dice así, fechado el 11 de Julio: EL CENTENARIO DE BALMES «Esperábamos la conmemoración anual de la muerte del gran filósofo vicense para hacer esta primera llamada formal del solemnísimo recuerdo de su nacimiento, que se ha de hacer en el año 1910 y del cual habló por primera vez en el año 1903 el Presidente de Catalunya Vella en el acto celebrado en la casa mortuoria del sabio ilustre, habiendo funcionado desde entonces dentro de dicha Asociación una comisión que tiene completo y redondeado un plan grandioso para celebrar dicho Centenario. ».De todos es generalmente conocido que Balmes nació en esta Ciudad (y aún tenemos que acabar de descubrir dónde, por más que lo verosímil es que fuera en la calle de los Serrallers) el día 28 de Agosto del año 1810. En tal día, como también sabe todo el mundo, celebra la Iglesia la fiesta del gran San Agustín, lo cual no deja de ser curioso, atendido el carácter de nuestro inmortal compatricio, una coincidencia. El 28 de Agosto de 1910 hará pues, cien años justos que Balmes viniera a la vida, y, aunque la suya no pasa de los 38, su obra fue tan grandiosa y tan sólida que está destinada, como su nombre, a vivir tanto como el mundo vivirá. Balmes no es una gloria local, ni una gloria puramente nacional, es una gloria universal. Lo probaría, si otra cosa no, la circunstancia de haber sido traducidas sus obras a todas las lenguas. Por eso, cuando en Catalunya Vella se inició en el susodicho año el pensamiento de celebrar el Centenario, fue con el espíritu de darle carácter internacional, sirviendo de base para esto la reunión de un Congreso filosófico al que vinieran a rendir tributo a nuestro gran sabio los hombres ilustres de todos los países. Esta idea, favorablemente acogida por nuestro señor Obispo, quien desde el primer día de hablar de este asunto, se ha mostrado dispuesto a dar al Centenario la mayor pompa posible, puede decirse que está ya en vías de realización y dentro de poco será reconocida la lista de las personas notables de dentro y fuera de la Ciudad, que formarán la gran Junta que ha de preparar esta trascendental asamblea, de las particularidades de la cual nos tocará hablar muy pronto teniendo continuamente a nuestros lectores al corriente de todo lo que a la misma haga referencia. »Como dijimos en otro sitio de este número, el jueves, después de la fiesta del Templo Romano, los elementos oficiales que asistieron al evento tuvieron una sentada en el Palacio Episcopal, tocando por primera vez, de una manera formal y definitiva este asunto del Centenario. Todos los presentes se mostraron entusiasmados con las grandes líneas del proyecto, que como aquel quien dice nacían por ellas mismas, teniendo en cuenta que las fiestas centenarias coincidirían con la inauguración de las pinturas de la Catedral. Todos nuestros lectores se harán cargo con esto de la grandiosidad de que han de ir revestidas estas fiestas y el gentío que han de atraer. Por otra parte el juntar la conmemoración de Balmes con el estreno de la monumental obra artística que nos prepara Sert es un tributo al insigne filósofo como no podíamos imaginarlo. » Solemnísimas funciones religiosas en nuestra entonces endomingada Basílica, como también solemnísima absoluta en el bonito claustro al pié del sepulcro del gran hombre; la apología de este y de su obra hecha por los mejores oradores que vendrán a nuestras fiestas, la Ciudad vestida de gala por el entusiasmo y la iniciativa de los vecinos, bien dirigidos por artistas que lo entiendan; grandes festivales populares en los cuales todas las artes catalanas tengan la más conveniente representación; exposiciones y concursos locales, comarcales y regionales; representaciones a cielo abierto en las cuales el pueblo pueda comprender toda la grandiosidad de la reproducción de las escenas humanas por el arte consciente y trascendental; fiestas literarias donde se recuerda gráficamente la gran influencia que la escuela vicense ha tenido en el resurgimiento de la poesía catalana, y otras y otras cosas que se irán desovillando alrededor del Congreso filosófico internacional que será el principal acto del Centenario... He aquí las grandes líneas del proyecto que en la reunión del Palacio Episcopal se fueron dibujando a los ojos de todos con cierta imponente sobriedad que no impedía ver los detalles de cada fiesta con toda su penetrante belleza. » Hoy se han de reunir en el mismo sitio las Comisiones oficiales para comenzar a poner manos a la obra. Pero quien ha de comenzar a prepararse de una manera formal es la Ciudad. Contando, como se contará, con la unidad de pensamiento y del sentir de todos los ciudadanos, no hay que olvidar que una fiesta tan grandiosa ha de tener larga preparación. Antes de pensar en adornar calles se tiene que pensar en limpiarlas y ponerlas en disposición de ser adornadas. En la Ciudad hay mil cosas que corregir y se tiene que aprovechar el tiempo que nos queda hasta Agosto de 1910 para enmendarlas. Y no conviene gansear porque este tiempo pasará volando. La Ciudad misma es la que se ha de imponer esta obligación porque quién lo ha de hacer lo haga. »Y basta por hoy. Para el primer llamamiento ya bastan estas líneas. Ya lo retomaremos a menudo. Lo que querríamos es que todo el mundo penetrara en la grandeza de la fiesta y que todas las ideas que nazcan para celebrarla sean dignas del gran hombre a quien aquella va dedicada. Han de quedar excluidas en absoluto las pequeñeces y los raquitismos. » No le fue impedimento el estar escrita en catalán para que resonara en todas partes este llamamiento periodístico y uno de los primeros que le respondió fue el reputado escritor que se firma Azorín, quién enseguida, en las páginas del viejo y balmesiano Diario de Barcelona, dedicó al pensamiento del Centenario un entusiasta artículo. La prensa de uno y otro lado se mostró unánime en considerar que este homenaje al gran filósofo español era un deber de justicia y que debía de ser considerado como un tributo nacional. Los iniciadores del proyecto podían cantar victoria: la realización del mismo llevaría faena larga y un poco fatigosa, pero no toparía con obstáculos invencibles. Podíamos lanzarnos confiados y valientes a la empresa. Entretanto continuábamos indagando en la intimidad el objetivo que tenía que llevar el Congreso que teníamos en proyecto, y justo es consignar que el pensamiento primitivo del Canónigo Collell, de que fuera de Apologética, acabó obteniendo los votos de todo el mundo, pues era lo que indudablemente se acomodaba más al hombre, a las circunstancias y al fin que perseguían los iniciadores del Centenario: hacer un homenaje de carácter universal a la memoria del excelso apologista. Las Comisiones que la referida Junta electora había designado para organizar los trabajos del Centenario eran tres: una de fiestas religiosas, otra de fiestas literarias y una tercera, la más numerosa, de fiestas cívicas. Estas Comisiones no fueron convocadas oficialmente hasta el 20 de Febrero de 1909, en el Palacio Episcopal, y aún hasta primeros de Julio no entraron en funciones. Pero esto implicaba poco, porque todos los proyectos iban madurando y tenía que venir el caso de que las sesiones que las Comisiones celebrasen fueran más que por indagar, para dar sanción a los proyectos que espontáneamente nacían. Se necesitaba inicialmente que el alma popular se fuera impregnando de la atmósfera del Centenario y esto se iba consiguiendo de una manera admirable. Y basta ya de antecedentes, porque desde el momento en que entran a funcionar las Comisiones nos consideramos ya metidos en pleno Centenario.

Crónica de las Fiestas DEL CENTENARIO DE BALMES por Lluís B. Nadal : : VIC : : GAZETA MONTANYESA MCMXI

DR. D. JAIME BALMES Y URPIÁ (28 Agosto 1810 -† 9 Julio 1848.) --------------------- EL OBJETO capital de este libro es perpetuar el recuerdo de las fiestas generales con que la Ciudad de Vic celebró el primer Centenario del nacimiento de su inmortal hijo el Doctor JAIME BALMES Y URPIÁ, gloria indiscutible de la Iglesia, de la Ciencia universal y de la Patria. Él ha de servir para que los que tuvieron ocasión de verlas puedan renovar con la lectura la fruición de aquellos grandes días, porque los que solo oyeron de ellos y los conocieron solamente por las reseñas de la pluma o por la información gráfica puedan judicarlos con mayor conciencia y para los que vengan, y especialmente los vicenses, le puedan encontrar motivos de familiar satisfacción y de orgullo patrio y, si conviene por análogas ocasiones, ejemplo y estímulo. La presente crónica habla poco, y solo en términos generales, del Congreso Internacional de Apologética porque, como ya se comenta en uno de los capítulos del libro, ha de tener muy pronto aquel, para ser, como es, el más vistoso y trascendental acto del Centenario, historia particular y detallada, donde resonarán más para siempre las voces elocuentísimas de los sabios varones que lo compusieron. El texto de la narración va acompañado, como verá el lector, desde el momento en que las fiestas se empiezan a deshilachar, de curiosas y artísticas ilustraciones que son como un comprobante de la letra y que hoy día se consideran, en libros de esta clase, como elemento absolutamente indispensable. Todos los momentos culminantes quedan marcados en él, aprovechando las mejores de las numerosas y pintorescas fotografías que se hicieron, no todas ciertamente con igual fortuna; pero, además, se cree que en lugar preferente, es decir entre las páginas de este proemio, y con mejor relieve, había de encontrar el lector las figuras salientes de aquellas grandiosas solemnidades que fueron también cooperadoras decididos, firmes y entusiastas de aquel homenaje al gran escritor al gran escritor y inolvidable patricio. El autor y los editores de este libro rinden con singular complacencia este tributo a tan nobles personalidades, que cuentan sobre sus títulos de honor con la estimación pública, y lo hacen muy especialmente a la augusta Princesa la presencia de la cual en las fiestas da a las mismas una importancia verdaderamente excepcional, acabando de imprimirle aquel carácter noble y señorial que los iniciadores del Centenario habían soñado dar a esta gran conmemoración en la cual se tiene que juntar el amor y el respeto al escritor eminente con el amor y veneración a la Ciudad estimada, madre de él y madre nuestra. El lector verá, pues, que nada se es complacido para dar interés a este libro. El autor y los editores han hecho todo lo que han podido dentro de sus medios para que corresponda a la grandeza de los actos de que hace detallada historia. Los sacrificios que esto representa pueden tener un premio que no les será negado sin duda: el de la difusión de esta Crónica. Así autor, editores y lectores, marchando a la una, conseguirían una cosa: la de aumentar aun y consagrar una vez más la gloria del hombre providencial que, en un tiempo de hondas crisis y de general desorientación, vino al mundo, como dice tan acertadamente y con tanta sobria elocuencia la lápida de la casa donde tuvo su nacimiento, PARA ILUMINARLO CON RESPLANDORES DE CRISTIANA SABIDURÍA. Y basta ya de proemio.