Jaume Balmes Urpià
domingo, 6 de septiembre de 2020
XVIII) EL GRAN DÍA. — LA DIANA. — LA MISA PONTIFICAL. — EL SERMÓN. — DESPUÉS DE LA CERIMONIA. — LA COPLA DE PERELADA. — NOTA SEÑORIAL.
ACONTECIÓ en una noche de poco descanso, vino el gran día. El programa anunciaba un amanecer musical y las bandas municipal y militar se pasearon por la Ciudad despertando a los dormilones. El tiempo no se presentaba franco y nacían fundados temores de lluvia, que no se veía inmediata. En las calles, en el teatro, en la misma aula del Congreso de Apologética se estaba trabajando febrilmente para que todo quedara listo cuanto antes mejor para las ceremonias del día. En la Catedral, Mosén Romeu, el P. Sunyol y el maestro Pujol dictaban las últimas disposiciones, de acuerdo con el M. Iltre. Decano del Capítulo, para que todo se armonizara fácilmente y no hubiera confusión al llegar los invitados y el pueblo y las comitivas oficiales. Se tenía que decir la última palabra sobre el lugar que debían ocupar unos y otros, haciéndolo de modo que el espacio destinado al coro popular, ante el banco llamado de los consejeros no pudiera ser invadido por la multitud a la hora del Oficio. Era ya seguro que ese coro pasaría de 400 personas, las cuales, naturalmente, por bien situadas que estuvieran, llenarían un buen trozo de las naves. Pero ya estaba ordenado que los coros estuvieran a buena hora y no faltaría quien se cuidara del orden y de evitar intrusiones molestas y censurables abusos. La nave central, entre el Coro de los Canónigos y el presbiterio, se había distribuido así:
Las secciones de hombres y chicos del Orfeón Catalán, que tenían que formar el coro, digamos artístico, se situarían, como en el ensayo del día anterior, en el coro alto o de la Capilla. Sabida la lección por todos, no podía venir, como no vino, la confusión de ningún tipo.
Otra cosa era precisa: que la confusión no viniera de parte del pueblo. Al efecto se dispuso que éste, desde primera hora, no pudiera ocupar más que la nave del Evangelio. La otra se dejaría libre para que pudieran pasar con libertad los invitados y las comitivas oficiales, sin perjuicio de franquearla el público cuando éstas fueran dentro de la Basílica. Así, con el concurso de los empleados y acomodadores del Comité y, sobre todo, con los buenos oficios de la Comisión de honores y obsequio, que se multiplica durante aquellos momentos de compromiso, se evitó todo incidente y el orden fue completo. Claro que el espacio no sobró, pero tampoco habría sobrado si hubiera habido el doble de lo que había. Se comprende que fuera inmensa el ansia de estar presente en tan grande solemnidad.
Entretanto se estaba trabajando febrilmente en la Casa de la Ciudad en la difícil tarea de organizar la comitiva. Los del Comité, con Bach Alavall a la cabeza que también se multiplicaba, iban terminando el trabajo, procurando evitar todo conflicto de etiqueta, cosa de más mal lograr para el éxito total de las fiestas. Pero todo, gracias a Dios, se superó. La organización, iniciada en la Secretaría, se refinó en la Sala de la Columna.
Abría la comitiva una sección de batidores del escuadrón venido de Granollers, seguido de toda la farándula de Llúpies, Nanos y Gegants; venían detrás dos heraldos a caballo, con las trompetas empaliadas, tocando; la Bandera de la Ciudad llevada por un abanderado, vestido de terciopelo negro, también a caballo. Seguía a continuación, a pie, toda la comitiva oficial, compuesta de las Comisiones y del Comité del Centenario; de las corporaciones de la Ciudad y forasteras que habían venido para honrar la fiesta; de las representaciones de las Universidades de Barcelona y Zaragoza; de las delegaciones de varias Ordenes religiosas; de la plana mayor de congresistas, nacionales y extranjeros; de las Comisiones delegadas de la Diputación provincial de Barcelona, presidida esta por su presidente, D. Enric Prat de la Riba, y precedida de sus maceros propios; y del Ayuntamiento de la misma Ciudad, acompañado este último de una sección de guardias urbanos precedida por su jefe, señor Ribé, y del Ayuntamiento y autoridades de la Ciudad, bajo la presidencia del Gobernador Civil, D. Buenaventura Muñoz. Tres parejas de maceros, lujosamente equipados, dividían las tres órdenes de la comitiva, que era acompañada también por las bandas municipal y militar, que tocaron alternativamente durante toda la carrera.
Al pasar la presidencia de la comitiva delante del portal del palacio de la señora Infanta, ésta se agrega con el Ministro y su cortejo de honor, seguida de una escolta de caballería. Así, siempre al paso, en medio de las repetidas aclamaciones de la gente situada en el tráfico, pasó la Comitiva por la Plaza Mayor, la calle de Verdaguer, la Rambla del Hospital y la calle de la Ramada, que lucían todas las galas de las grandes fiestas.
La multitud reunida en la Plaza de Santa María era imponente. Los numerosos Prelados asistentes a la fiesta esperaban en el portal de la Basílica la llegada de la Infanta divididos en dos filas de honor. En la de la Diócesis, el Doctor Torras tenía que dar a S. A. el agua bendita. Al desembocar su carruaje por la calle de la Ramada, una gigantesca aclamación salió de los cuatro lugares de la Plaza y volaron multitud de palomas. Doña Isabel, como la Duquesa de Nájera, llevaba mantilla negra. Descabalgó al pie de los escalones del atrio y por el paso alfombrado se dirigió al gran portal de la Basílica, donde esperaban la Vera Cruz y el tálamo. Tomó del señor Obispo el agua bendita, mientras las músicas tocaban la marcha Real, y seguida de los Prelados y del jefe de la comitiva civil, entró ceremoniosamente en la Iglesia, dentro de la cual, el gran órgano tocó también la marcha Real, que aún se oía afuera.
Subió Doña Isabel al trono que tenía preparado en la parte del Evangelio, acompañándola en las gradas el Ministro y su séquito, y se acomodó el Ayuntamiento en el lugar de costumbre, al lado de la Epístola, acompañado del Capitán General, que acababa de llegar, y de las delegaciones de la Diputación y Ayuntamiento de Barcelona. Las otras comisiones y personalidades, junto con los militares de la guarnición, se acomodaron en los sitiales de preferencia situados debajo de la nave, junto al pasadizo del Coro, brillando a cada lado la multitud de invitados severamente vestidos y las notas multicolores de las invitadas. En último término blanqueaban las mantillas de las orfeonistas, destacando sobre el coro popular, dominado por la ascética figura del P. Sunyol. Al pie del presbiterio, dentro y fuera respectivamente, ondeaban la Bandera de la Ciudad y la Señera del Orfeón Catalán.
Un sensible incidente había perturbado el acto de acomodar a los diferentes elementos de tan brillante comitiva. El secretario particular de la señora Infanta, señor Coello, había patinado en el presbiterio y se había torcido una muñeca. Inmediatamente los distinguidos facultativos de la Ciudad, Doctores Bayés y Terricabras, se encargaron de la cura que fue tan rápida y tan satisfactoria para el paciente que éste les obsequió con un delicado presente que les sirvió de recuerdo.
Todo el mundo en su lugar, se dio orden de que se franqueara al pueblo la nave de la Epístola y un rumor de huracán se oyó por breves momentos dentro de la Iglesia. Las voces de los monaguillos, iniciando la Tertia, le pusieron fin. Inmediatamente reinó el mayor silencio, interrumpido sólo por los esfuerzos de algún invitado tardón empeñado en encontrar sitio.
Oficiaba, como era de justicia, el señor Arzobispo de Tarragona, asistido de los Canónigos Martí y Corbella y rodeado de la corte de Prelados que habían tomado trono cara a cara al altar, vestidos con manteletas. Cantaron los chantres el Introit de la Misa, y de inmediato el coro popular inició el Kiries. Una intensa impresión dominó el numerosísimo y apretado concurso.
El Kiries es una filigrana, pero no es efectista. Los dos coros se ajustaban admirablemente, y la organización tocada por el padre Romeu, facilitaba la labor de los gregorianistas. El Gloria, fogueados ya los coreros, salió admirablemente ejecutado y el grandioso Amen resonó como un grito de triunfo y golpeó ya todos aquellos miles de corazones que guarecían las bóvedas de la Basílica.
El sermón, pronunciado con voz clara y con noble continente por el señor Obispo de Ciudad-Real, Doctor Gandásegui, desde el púlpito de la Epístola, fue extenso y lleno de erudición y de gigantescos conceptos. Fue una glosa admirable de la obra integral de Balmes, un estudio de la Escolástica y de la Apologética y una alusión fina y discreta, por otra parte muy bien situada y oportuna, a la actitud de los gobernantes actuales en materias religiosas, actitud no muy buena, ya presentida y anunciada por Balmes. Una calurosa salutación a Cataluña, llena de frases hermosas y flamantes, cerró la granada oración del Prior de las Órdenes militares, quien sostuvo durante una hora y media la atención del heterogéneo auditorio.
El Credo, el fragmento más artístico de la Misa del Centenario, en el que dominó el canto polifónico a cargo del coro superior, salió maravillosamente ejecutado, y el Incarnatus marcó un momento de singular fervor entre los concurrentes que la escucharon con atención verdaderamente religiosa.
Para el Ofertorio había encajado Mosén Romeu, como queda ya indicado, a su Misa el Psallite Deo nostro psallite con notación del siglo X, que parecía acabada de nacer. Ese fue momento de singular emoción en el auditorio. Aquel alegre y animado diálogo entre los dos coros infundía una singular beatitud que tenía algo de superior en la vida terrenal. La adopción de ese cántico milenario tenía que considerarse como una inspiración digna de la gran ocasión que la había motivado.
Primero el Sanctus y después el Benedictus habían de contribuir valientemente al éxito de la Misa. El momento solemnísimo de levantar a Dios fue, como ya es antigua costumbre en nuestra Catedral, completamente silencioso. Sólo se oyeron las campanadas del rodonell, rodeado por los monaguillos de la cota roja. Completa el efecto del Agnus Dei, cantado con igual perfección que los fragmentos anteriores. Y, finalmente, hay que notar que los estribillos a la voz del celebrante, a cargo del coro popular, fueron cantados y cuidados tan escrupulosamente como lo otro, empeñándose en gran medida el P. Sunyol, que pudo quedar satisfecho de la obediencia a su batuta.
Acabado el Oficio, la gente se apresuró a vaciar la Basilica y llenar la Plaza de Santa María para presenciar la salida de la Infanta y de la comitiva oficial. Eran verdaderas riadas de gente vertidas al atrio.
La comitiva se organizó como a la venida, faltando la Infanta, que se avanzó con su séquito, dirigiéndose a su alojamiento para cambiarse de traje y volver al Palacio Obispal para comer con los Prelados y las autoridades superiores. En las calles había aun más gente que antes. El tiempo había mejorado y en la Plaza Mayor, delante del Palacio Municipal, iniciaba sus tandas de sardanas la famosa copla de Perelada, recién llegada. La animación era grandísima. Los forasteros habían acudido de todas partes, aprovechando todos los medios de locomoción. Era realmente una fiesta excepcional: la fiesta mayor de toda una centuria. El concurso de la Catedral, esparcido por las calles, llevaba a todas partes una nota señorial pocas veces vista. La Ciudad podía estar gozosa por los actos hasta ahora vistos.
XVII) EL ORFEÓN CATALÁN. — LA LLEGADA DE LA INFANTA. — LA RECEPCIÓN. — EL ENSAYO DE LA MISA. — LAS LUMINARIAS. — COROS Y SARDANAS.
EN el ancho andén de la nueva estación había gran gentío alrededor de las cuatro de la tarde. Unos iban a recibir a los parientes, los otros a los amigos, muchos al Orfeón Catalán, a la gente oficial y otros que querían ver a la Infanta. Entre la llegada del tren-correo y del especial que llevaba a S. A. apenas había media hora de distancia. Por eso había en la Estación gran alboroto. Se veían fracs, levitas, lucidos uniformes y un gran negror de sombreros de copa. De medio andén para abajo se extendía un piquete de honor, con bandera y música. Los soldados iban de gran gala. En el barrio de la Estación esperaban los soldados a caballo, los civiles montados, los carruajes oficiales y multitud de particulares, entre coches y automóviles. El tren descendente había dejado ya a un montón de forasteros que aumentaban la confusión. El ascendente abocó a los andenes una gran multitud. Los orfeonistas obtuvieron un saludo cariñosísimo. El relampagueo de las barretinas rojas de los chicos era la nota que en aquel gran enjambre dominaba. Una docena de aposentadores preparados por el Comité se encargó de los Orfeonistas y fue a distribuirlos en los colegios de religiosas que ya de tiempo había preparados. Los hombres y chicos tenían dispuesto el alojamiento en Manlleu e irían a las diez horas, una vez cenados. Debíamos esta solución al simpático sacerdote y buen patricio de aquella villa Padre Javier Padrós y a la buena voluntad de los Hermanos de las Escuelas Cristianas que nos habían cedido por una noche los dormitorios de su colegio.
A pesar de que el concurso que había en la Estación no se aflojó mucho, pero entonces dominó la gente mudada. En todo el extenso redil de aquella, hacia el paso a nivel, se extendía un gran cordón de curiosos y sus aplausos que llegaban de lejos llevados por la marea substituyeron el acostumbrado toque de cuerno anunciando la entrada en agujas del tren de la señora Infanta. Se oyó el sonido estridente de una corneta de órdenes y la banda del batallón de Alfonso XII empezó a tocar la marcha Real. Entonces estallaron las palmadas entre la muchedumbre reunida en el andén acompañadas de algunos vivas.
Doña Isabel, vestida de un traje de color entre azul y lila, bajó del carruaje, seguida de la dama de honor, Duquesa de Nájera, del Ministro de Gracia y Justicia señor Ruiz Valar-no; del Gobernador Civil, señor Muñoz, del presidente de la Audiencia Territorial, señor del Río, de la representación de la Diputación provincial, compuesta del presidente, señor Prat de la Riba, y los diputados señores Fages y Sostres a los que se debía agregar el señor Pericas; de delegaciones de varias ilustres corporaciones barcelonesas, de varios diputados y senadores y del estado mayor de la administración oficial agrícola de la provincia. Es imposible enumerar una por una todas las distinguidas personalidades que venían en el tren, acompañando a la Infanta, para contribuir al gran y brillantísimo espectáculo de la fiesta del día siguiente, la verdaderamente eminente, que había de marcar época.
Doña Isabel revistó primeramente al piquete de honor, saludando la bandera. Después el Alcalde se acercó a darle la bienvenida, acompañándola de la entrega de un hermoso ramo de flores: varas de jazmín, rosas y gardenias. A continuación se acercaron las demás autoridades y enseguida pasó S. A. por el cordón de honor que formaban los Prelados que, de uno en uno, la saludaron. Eran, después de nuestro señor Obispo, los Arzobispos de Tarragona y Valencia y los Obispos de Gerona, Lleida, Tortosa, Cindad-Real, Ciudad-Rodrigo, León y Calahorra.
Al salir la Infanta de la Estación otro aplauso estalló entre la multitud. Subió S. A. al carruaje, acompañada del Ministro y del Alcalde e hizo su paseo triunfal hasta Casa Cortada. Todos los balcones y ventanas estaban cubiertos con colgaduras y rebosantes de gente, sobre todo de damas. En la Plaza Mayor la animación era grandiosa. En la torre del Palacio Municipal volaban, lado a lado, las banderas española y catalana. El recibimiento había sido serio, como es siempre en esta ciudad, pero sumamente cariñoso. La señora Infanta había quedado contenta.
Hasta que se calmaron los ánimos durante una media hora no se supo en la Casa de la Ciudad, donde todos, naturalmente, esperaban órdenes, que la recepción fuera antes de cenar, hacia las siete horas. Se circuló el aviso, dando cita a todos en la misma Casa Consistorial, que, por su proximidad con la de la Infanta, podía considerarse una dependencia, facilitando esto el programa de la recepción que podía resultar muy ordenada. Por otra parte, de acuerdo con el joven Conde del Valle de Marlés, se estableció la forma de entrar y salir la gente sin estorbarse unos a otros, ya que estaba previsto que la concurrencia sería muy numerosa. Mientras unos subirían por la escalera principal, los demás, saliendo de la sala del trono, bajarían, pasando por el porche, por la escalera del jardín y volverían a la calle por la misma espaciosa entrada.
De esta manera el orden fue completo y la ceremonia no resultó demasiado larga. Excusado es decir que se presentaron a la Infanta todos los elementos oficiales, incluyendo los Alcaldes venidos de las poblaciones cercanas; multitud de representaciones de la Ciudad y forasteras, gran número de congresistas, nacionales y extranjeros, los senadores y diputados, y una brillantísima hilera de señoras y señoritas suntuosamente ataviadas. También habían asistido a la recepción los muchos periodistas que habían venido a hacer crónica diaria y continua de las fiestas.
Mientras se iba desarrollando ese fastuoso acto en el palacio de la Infanta, en la Catedral tenía lugar el gran ensayo de la Misa del Centenario. Todo el Orfeón y todo el coro popular estaban allí y multitud de dilettanti que no habían sabido resignarse a esperar al día siguiente para sentir obra ya tan famosa. En aquellos momentos acababa de salir la Gazeta Montanyesa acabando de encender la sed con este comentario previo de la Misa, firmado con unas iniciales que traicionaban al autor, uno de los que en la ejecución tenía asignada mayor responsabilidad:
«La Misa del Centenario que ha compuesto el modesto y eminente maestro vicense es una composición notabilísima que realiza el ideal de la música litúrgica. Se ha hecho según un procedimiento modernísimo, pero tan bien llevado que, junto, encaja muy bien con el antiguo de las venerables composiciones gregorianas. Es un trabajo muy interesante que merece una rápida descripción.
»E1«Kyries» comienza con un tema gregoriano muy devoto y propio de la plegaria cristiana. Se encuentra el humillado, la resignación y la fe y un estallido de confianza. La polifonía del maestro Romeu redondea las frases, las ensancha y las comenta de una manera nueva, y por fin, se va a buscar el canto gregoriano terminando el unísono.
»E1«Gloria» cautivó a continuación con el unísono del polifónico, que, después de dos compases, divide con valentía las voces preparando el salto gracioso del «Laudamus te» gregoriano. En todo lo demás de esta parte, la polifonía se mueve recorriendo los diferentes grados del modo octavo gregoriano, y de tal manera se inspira en los giros melódicos, que es quizás la pieza de mayor unidad de la composición. Muestra la habilidad del maestro el preparar las entradas del coro popular, juntándose finalmente con él para armonizarlo al final con ese grandioso y conmovedor «Amen», uno de los más vibrantes y vigorosos que se conocen.
»Los «Estribillos» del coro popular, como todas las armonizaciones de las partes gregorianas de la Misa, son del mismo Mosén Romeu y se avienen muy bien con el carácter polifónico de la composición.
»En el «Credo» el autor ha dado pruebas de un gusto exquisito. Ha comprendido toda la sublimidad de la fe, y, juntando su inspiración con el más inspirado «Credo» gregoriano, el verdadero y tradicional «Credo de cuarto tono», le ha resultado una pieza musical de primer orden, que a buen seguro oiremos muchas veces en las solemnidades musicales.
»Los coros, el popular y el polifónico, van alternando como en las demás partes de la Misa, juntando solamente algunos versos, para dibujar mejor el pensamiento musical. Desde el «Incarnatus», cada verso polifónico reviste su carácter muy especial y son de mayor interés que los anteriores. El «Amen» lo dice la polifonía sola, con giros de factura palestriniana.
»E1 motete del «Ofertorio» es una de las melodías más encantadoras y que más unen lo sublime con lo sencillo. El texto ha sido aplicado modernamente a la original melodía del siglo X.
»La nota característica del «Sanctus» y del «Agnus» es la popular. Las cadencias son de un hermoso cariz catalán y se avienen muy bien con el canto gregoriano.
«Esta manera de alternar el coro del pueblo con el coro de los músicos es una práctica que dulcemente reconcentra más a los fieles para mejor comprender los misterios de la Santa Misa, es de una sublimidad que difícilmente puede obtenerse de otra manera, es una obra educativa para la que deben trabajar todos los maestros que se sienten con fuerzas suficientes.»
Para los que amamos la pintoresca intimidad de las cosas, las fiestas tuvieron dos notas de preparación que vieron pocos y que son inolvidables: el ensayo de la Misa y la organización de la cabalgata folclórica. Ya hablaremos de esta cuando le toque. En cuanto a la Misa, los momentos reveladores de cada uno de los efectos escondidos por todo el mundo hasta entonces, en aquellas rayas negras del pentagrama, fueron de emoción inexplicable: por encima de todos resalta aquel Amen del Gloria, aquellas filigranas del Credo y aquella dulce y singular impresión del motete del Ofertorio en que el arte moderno borraba de un solo golpe de pluma el paso de diez centurias. Las sensaciones de ese ensayo son difíciles de explicar. Los técnicos se hablarán entre ellos satisfechos en voz baja, los profanos se buscaban el uno al otro con actitudes de gran admiración. Cuando saldremos de dudas del Maestro Millet, se habían desvanecido todos y nos íbamos con él, participando de su satisfacción, a cenar con la masa total de orfeonistas a la gran carpa del Restaurante del Centenario.
Había un ambiente fresco demasiado acentuado, pero había tanta juventud y tan buen humor que al final todo el mundo se encontró bien. Tan bien se estaba que, cuando vino Mosén Padrós a dar prisa para llevarse a hombres y chicos a Manlleu, todos ronceaban. Se repitieron las intimaciones, Mosén Padrós insistió, la campana de la Estación hacía las últimas señales y aún había rezagados que hacían el mojigato. Entonces con un poco de sacudida de servilletas se consiguió sacar de allí a todos los renitentes y pronto se oyó el silbar del tren. Al poco rato los manlleuenses recibían cariñosamente, con fantástica iluminación de hachas de cera, a los alegres Coristas, mientras en Vic las mozas, con sus acompañantes, se esparcían por las calles iluminadas, deteniéndose las más a bailar sardanas.
Le faltaba bastante a la luminaria oficial para estar completa. Entre otras cositas menos importantes, Lazzoli nos debía aquella noche toda la caprichosa iluminación del Paseo de Santa Clara. Sin embargo, ya era lo que se veía esa noche bastante hermosa para entusiasmarse. La señora Infanta quiso salir a verlo después de la cena íntima en que sólo la acompañaron las principales personalidades oficiales y la familia Oriola.
La animación se concentró especialmente en aquella velada en la Plaza Mayor, donde debutó el nuevo coro constituido expresamente en ocasión de las fiestas con el título de Unión Coral Vicense, bajo la dirección de D. Jacinto Dinarés. Este coro estrenó un Himno a Balmes, de música originalísima, compuesta por el padre Romeu y en la que acompañaban el canto tenores y otros instrumentos populares. Este himno, a pesar de la precipitación con que se tuvo que ensayar, obtuvo tanto éxito para la multitud de oyentes, que hubo de cantarse por segunda vez.
En fin, la primera jornada de las fiestas había resultado muy satisfactoria. El programa se había cumplido con creces. La gente se retiraba animadísima, esperando con ansia el solemnísimo día siguiente. Únicamente el tiempo había hecho un poco de cara adusta. Por la tarde, hubo momentos en que parecía que la lluvia lo estropearía todo, pero el peligro se esfumó. La última nota de ese día la daban los tenores de las coplas vicenses, incapaces de obedecer las ansias interminables de los sardanistas.
XVI) LOS POBRES.—INAUGURACIÓN DE LÁPIDAS.— EXPOSICIONES.— LA BIBLIOTECA BALMESIANA.
LA primera nota del programa era la de la caridad. En el presupuesto de gastos había dado el Comité preferentemente ese deber de socorrer a los pobres, dándoles pie para que pasasen las fiestas como la gente rica o acomodada. La subcomisión que se encargó, de la que era el alma D. Ramon Espona y Sitjar, preparó las cosas por adelantado y quiso saber ante todo a quien le hacía la caridad para no esposarse a una indigna explotación. E hizo bien, porque, gracias a las investigaciones que se hicieron, se descubrió que incluso personas que tenían propiedad se habían atrevido a solicitar el socorro de las fiestas. La referida subcomisión logró hacer un verdadero patrón de pobres que podría tener utilidad posterior. Pero esos, de todos modos, fueron tantos que la distribución de bonos, comenzada a siete horas de la mañana, llevó casi todo el día.
Hacia las once, había reunidas en la Casa de la Ciudad las personalidades y corporaciones que habían de asistir a la ceremonia de las varias inauguraciones que se hacían aquella mañana. Salió la comitiva de allí presidida por el Alcalde y acompañada de la Banda Municipal. En la fachada de la casa de D. Juan B. Riera (Casa Vilada), recién restaurada y magníficamente empaliada había una lápida que se estaba a punto de descubrir recordatoria de que allí dentro había nacido el chico Jaime Balmes y Urpiá. El acto del descubrimiento se hizo siguiendo las rúbricas propias de estos casos. La lápida es de mármol grisáceo, de grandes proporciones, orlada de oro.
La inscripción dice así:
EN AQUESTA CASA
ALS 28 D’AGOST DE 1810
NASQUÉ LO DOCTOR JAUME BALMES
VENINT AL MON PER ILUMINARLO
AB RESPLANDORS DE CRISTIANA SABIDURIA
De allí la comitiva, saliendo de la Plaza Mayor por la calle de San Cristóbal, bajó por la calle de Manlleu hasta la Escuela Municipal de Dibujo y Modelado, en la que los alumnos y ex alumnos, para alardear a su manera del Centenario, habían organizado una curiosísima exposición de trabajos artísticos. El interés innegable que ofrecía esa hermosa exposición fue apenas conocido por el público, porque le quedó poco tiempo para visitarla. Fueron un poderoso enemigo de esas exhibiciones las sesiones del Congreso de Apologética, que eran el supremo atractivo de aquellas jornadas. El Alcalde cumplió con la ceremonia de abrir aquella exposición y, aunque fuera sólo de pasada, los visitantes oficiales se pudieran convencer de que no desdecía nada del alto grado de intelectualidad que ofrecían las fiestas.
Fue continuando el descubrimiento de lápidas. Una había que, tras largos años de tenérnosla prometida la Sociedad Arqueológica, acababa de poner en el frontis del Templo Romano. Era la que recordaba la ocasión y la forma en que se descubrió aquel importantísimo monumento, testimonio admirable de la Ausa romana. La lápida, en rico mármol blanco y grandes letras rojas, era soberbia y la descubrió también el Alcalde. La leyenda es la siguiente:
HOC INSIGNE ROMANAE ANTIQVITATIS MONVMENTVM
CIVITATIS AVSETANAE DELVBRVM
INTRA MOENIA VETERIS CASTRI DE MONCADA
PER PLVRA SAECVLA DELITESCENS OCCLVSSVM
DENVO LVCI REDITVM ANNO MDCCCLXXXI
SOCIETAS ARCHAEOLOGICA VICENSIS
STIPE COLLATA NE DIRVERETVR PROVIDIT
POSTERISQUE SERVANDUM CURAVIT
De allí a la casa mortuoria de Balmes, la antigua casa Bojons, hoy de Fatjó Vilas. A raíz de haber desaparecido del mundo de los vivos el gran filósofo, por un acuerdo municipal se pone allí una lápida que ni por la materialidad de sepulcro ni sobre todo por su macarrónica leyenda era digna del hombre que recordaba. Desde el principio, se había preocupado el Comité de aprovechar la ocasión para cambiarla y después de algunas dudas tomó definitivamente la resolución de hacerlo.
La lápida de la casa mortuoria
La lápida nueva es también de mármol blanco y se surmonta por un guardapolvo de piedra. La leyenda es latina. El Comité había considerado natural que la del nacimiento fuera en catalán y la de la muerte en una lengua universal, toda vez que, al morir, Balmes ya no era sólo honra de la Ciudad sino de todo el mundo y especialmente de toda la Cristiandad. Es así:
HOSPES IN HAC NOBILI DOMO
DIE IX IVLII ANNI MDCCXCVIII
OBIIT DOCTOR IACOBVS BALMES
OB CVIVS IMMATVRAM MORTEM
LVXIT ECCLESIA DOLET ADHVC HISPANIA
Esta fiesta de las inauguraciones apenas estaba a medio hacer. En la Biblioteca Episcopal estaban esperando que llegara la comitiva para hacer la de la Biblioteca Balmesiana, la librería de honor donde se guardarán desde entonces no sólo las obras en todas las ediciones y traducciones que se puedan recoger sino toda su bibliografía, todos los documentos y recuerdos balmesianos de ese carácter y también todos los papeles del Centenario. Es un armario artístico de madera de melis, de cuatro grandes caras, que está coronado por un bonito busto de Balmes, obra del joven escultor vicense Pedro Puntí. Por el friso corre la siguiente leyenda en caracteres monumentales dorados: SCRINIVM • BALMESIANVM - ANNO • MCMX • ERECTVM - NATALIS MAGNI • DOCTORIS - RECVRRENTE • CENTENARIO.
Esta librería está colocada en la primera sala de la Biblioteca Episcopal, al extremo de la misma, entrando a mano izquierda.
Saliendo de allí, la comitiva se fue a la casa de la familia Balmes, donde ésta había reunido un montón de recuerdos interesantísimos de su ilustre antepasado, incluso los objetos de uso personal, pero especialmente algunos manuscritos y su primer escritorio. También había su testamento. La sala de la exposición, alta y esbelta como de casa señorial, sencillamente restaurada y bien empaliada, y de muy buen gusto. Situada en el centro de la Ciudad, ante el mismo Palacio Municipal y junto al nobiliario alojamiento que se destinaba a la Infanta Isabel, había de ser muy visitada por forasteros y por gente del país. La familia Balmes cumplió, con esto y con tantas otras cosas, con la deuda de honra que les legó la reputación de su ilustre ascendiente.
Abierta tan sugestiva exposición, la comitiva oficial puso término a esa ronda de inauguraciones con la de los obeliscos-faros, apenas acabados, mojados aún de la original pintura con que les había vestido Jujol. La comitiva entonces se disolvió y todo el mundo se fue a comer, preparándose para el trabajo de la tarde. Para el Comité continuaba aquella siendo tan grande que no hubo posibilidad de cumplir el acuerdo, tomado el día anterior, de que dos de sus miembros fuesen hasta La Garriga a recibir a la señora Infanta. Una comisión del Ayuntamiento la había ido a recibir a Barcelona.
El programa no señalaba ninguna fiesta por la tarde, y es que ya estaba en la mente del Comité que esa debería destinarse a la recepción de Doña Isabel, de quien ya hacía rato que se sabía que había llegado a Barcelona. El tren especial que había de llevarla hasta aquí tenía señalada su llegada para las cinco y media, pero en el correo que viene cerca de las cinco horas traía al Orfeón Catalán, varios prelados, diputados, y senadores y congresistas de primera fila. Le interesaba, pues, al Comité estar en la Estación a media tarde.
Pero todavía hay un montón de cosas por prevenir y el Comité debía de tener sesión en todas partes. Una la hay sobre la cual no puede resolver, yendo como va, encajada con un grupo de otros: la recepción a la Infanta. El Programa anuncia congresistas al Palacio Episcopal y a la Casa la Ciudad, el Comité en su opinión debería haber guardado la de Doña Isabel para el viernes, pero debería de ser hacia el medio día, y por la mañana está ya acordado que irá a Ripoll, además de que tiene que inaugurar el Concurso pecuario.
Convenía, pues, estar preparado para todo y disponer las cosas de manera que la recepción, si la Infanta ordenaba que fuera aquella noche, y tal vez inmediatamente de haber llegado, pudiera hacerse sin complicaciones y sin ahorrarle, por la precipitación, nada del esplendor que le era preciso.
XV) LOS ÚLTIMOS PREPARATIVOS. —ALOCUCIONES.—PROVIDENCIAS URBANAS.—ALOJAMIENTOS DE HONOR.
EL lunes y martes, y el mismo miércoles, fueron días de gran tensión. Como ya era de temer, los contratistas de la decoración y luminaria públicas habían apurado excesivamente, y era preciso apretar fuerte para que todo estuviese a punto a la hora, cosa que no se consiguió de una manera completa. Esa fiebre, donde se notaba más, por estar más localizada, era en la erección de los obeliscos-faros en la entrada de la Plaza. Había prevalecido el pensamiento de Gaudí, que llevaba a la práctica Canaleta, muy bien ayudado por la valiente cooperación de Luís Ylla y el talento artístico de nuestros verdaderamente notables cerrajeros D. Juan Colomer y D. Ramón Collell, que no perdonaron día y noche para que la obra quedara lista a primera hora de la mañana del día 7, dentro de la cual fijaba el programa, el acto de inauguración de obra tan original y curiosa. Entre los infinitos preparativos que se estaban haciendo por las calles no había ninguno que no excitara tan vivamente la curiosidad pública. A prisa, se tuvo que encargar el pintar esa gigantesca herramienta, conforme a los cánones del arte de Gaudí, uno de sus discípulos más notables: el arquitecto Jujol, ya conocido por sus obras, que dejando atrás, por su originalidad, las del maestro.
En la decoración oficial de la Plaza Mayor y de las grandes vías iban brotando notas artísticas que llamaban a la atención general: la fastuosa empaliada de la Rambla de las Devallades, que el viento dañó de una manera sensible, las vistosas coronas de luces de la Rambla del Hospital, los grandes y jugados medallones que en las intersecciones se iban instalando, las graciosas pirámides que se levantaban en la entrada de la Rambla por la calle de Verdaguer, obra en que ponía sus cinco sentidos el delicado artista D. Jacinto Comella, los elegantísimos adornos del Mercadal y los sólidos y artísticos faroles de la Rambla de Moncada, dibujados por el arquitecto Pericas y ejecutados por el cerrajero D. Ramon Cuatrocasas. No se tenía que llorar a la Comisión artística, que tanto fervor estaba dando cima al cumplimiento de su encargo, los aplausos más entusiastas.
El Comité se reunía por la mañana, por la tarde y al atardecer: mejor dicho, estaba en sesión continua. Había imposibilidad material de acabar de discutir las cosas. Los incidentes que se perseguían, se tenían que resolver todos. No había tiempo de comer con reposo y la noche no era para dormir. Además de los preparativos que se estaban haciendo para el día de comenzar las fiestas, era necesario trabajar en la preparación particular de cada uno de los actos que figuraban en el programa, resolviendo anticipadamente todas las dificultades para hacer más fácil la tarea en los días respectivos. Por otra parte, el Comité no podía descuidar las ceremonias oficiales, largas y dificultosas, que complicaban extraordinariamente la venida de la señora Infanta. Además, bien ayudado por la Comisión nombrada ad hoc, el Comité no se podía distraer. Le tocaría trabajar y hacer de señor al mismo tiempo.
Por su parte, las calles que querían hacer una empaliada digna: los de Cardona, de Sant Sadurní, de Manlleu, de Gurb, de la plaza de los Martires y otros, eran igualmente talleres todos ellos. Los vecinos habían emprendido la tarea con vivo y patriótico entusiasmo. Era ya evidente que toda la Ciudad luciría y en ningún lugar se veían salir aquellas ornamentaciones infantiles de otras fiestas vicenses memorables. El tiempo no ha pasado en vano y se veía claro que el gusto artístico señoreaba ya en toda la población. De ello nació en gran parte el éxito de las fiestas balmesianas.
Al Comité le tocaba pensar en todo y prevenir los más pequeños e insignificantes detalles para que la Ciudad pudiera obedecer con quietud y dignidad, tan señorilmente posible, al gran número de forasteros que se esperaba. El Alcalde, que era su presidente y que en esto tuvo un buen número de iniciativas, se iba sirviendo de su elevado cargo para encontrar anticipadamente soluciones a los conflictos que se presentaban, y todas las indicaciones del Comité y muchas que salían espontáneamente de la masa popular eran inmediatamente atendidas.
El espíritu urbano que informaría las fiestas no había ofrecido nunca lugar a duda, pero, así mismo, el Alcalde se creyó en el natural deber de preparar con patrióticas y sentidas alocuciones no sólo el esplendor moral de las fiestas sino también el de la recepción de la señora Infanta. Estas alocuciones circularon profusamente e hicieron el efecto que se esperaba.
En cuanto al orden y seguridad de la población no había motivo para alarmarse. Vic necesitó en este particular pocos preparativos. Complicaba, es cierto, un poco la cuestión de la presencia de una persona de la Real familia; pero el Gobernador, de acuerdo con el Alcalde, lo había ya previsto todo y no faltaría la vigilancia que se creyera necesaria y que, por poca que fuese, resultaría con seguridad excesiva, aunque no podía olvidarse que en la invasión de forasteros podía ocultarse alguien de malas intenciones. La policía no escaseó, y tuvimos por otra parte muchos civiles y todos los mozos de Escuadra de la comarca. La tropa, que tenía el encargo de hacer los honores debidos a la Infanta, no tuvo aumento sobre la de la guarnición, suficiente para montar la guardia. El Capitán General se limitó a dar orden al escuadrón de caballería destacado en Granollers para que viniera a dar escolta a S. A. en sus salidas ceremoniales.
La gran limpieza de la Ciudad, que obligaron las muchas obras públicas y privadas que se iban terminando, se hizo afanosamente durante esos dos primeros días de la semana y parte del miércoles. Los vecinos ayudaron con mucho gusto a las brigadas municipales en esa gran tarea. Se habían montado carros nuevos para regar, pues el polvo abundaba y había que matarlo diariamente, si bien los últimos días la lluvia simplificó bastante esa tarea.
La Comisión de alojamientos, de acuerdo con el Comité y con la Junta del Congreso de Apologética, había repartido con la debida anticipación los alojamientos de honor destinados a los personajes civiles, eclesiásticos y militares que venían a honrar las fiestas. Ya quedó dicho que la señora Infanta habría de alojarse en la casa-palacio del señor Conde de la Vall de Marlés, donde se acababan de hacer las obras necesarias para que la hospitalidad fuera digna de una princesa. El miércoles, a primera hora de la mañana, todo estaba a punto. Las salas destinadas al uso exclusivo de Doña Isabel eran tres: el dormitorio, el despacho y la sala del trono, donde se había de hacer la recepción anunciada. El dormitorio apenas había sufrido modificaciones. Se había puesto la acostumbrada tapicería de damasco amarillo, jugando con la sillería y cortinajes del mismo color, y el pabellón y ropaje de la clásica cama, encerrada en la monumental alcoba. Entre los muebles se había colocado el rico y artístico tocador de plata que poseía la familia, admirado por el público, como joya verdaderamente suntuosa, en algunas exposiciones barcelonesas. Esta, como todas las demás habitaciones, se había iluminado eléctricamente, haciendo jugar a las numerosas bombillas con la hermosa y antigua araña de cristal que cuelga del techo. Junto a la alcoba se había hecho una elegante y cómoda sala de baño y más hacia dentro, el indispensable water-closet. Para comodidad de la señora Infanta, el dormitorio de su camarera particular se había situado inmediatamente detrás de estas habitaciones, con comunicación directa con las mismas.
El despacho luciría la ordinaria tapicería y muebles de damasco rojo. En la sobriedad de los ornamentos, que daban a la sala un carácter de agradable severidad, se había juntado un detalle útil que había de ser muy bien recibido por la augusta huésped: el de un elegante aparato telefónico sobre la misma mesa-escritorio, donde había, por otra parte, fotografías de la familia Real y ejemplares del hermoso programa de las fiestas, en su edición castellana. Otros retratos de igual interés estaban colgados en las paredes de esas dos salas ocupando lugar de honor el de la Reina Isabel II, madre de la señora Infanta. Tanto el dormitorio como el despacho habían sido lujosamente alfombrados.
En la grandiosa sala del trono, así como en el vestíbulo, se habían dejado descubiertos los propios antiguos mosaicos y sus características pinturas. El trono era sencillo, pero se decía, que era el adecuado con los demás muebles de la casa. Las restantes habitaciones de esta, que salen al magnífico y soleado porche, se habían destinado a dormitorio de la dama de honor de la Infanta, señora Duquesa de Nájera, a su secretario particular, D. Carlos Coello, y al general Aranda, quien formaba parte de su séquito. El comedor de honor fue instalado en la parte de la calle de la Ciudad, en la sala de encima de la entrada.
El Ministro de Gracia y Justicia, D. Trinitario Ruíz Valarino, representante del Gobierno, estaría alojado en Casa Abadal, donde quedaría todavía una habitación, confortable como todas, para el diputado y presidente de la Cámara de Comercio de Barcelona y de la Federación Agrícola Catalana-Balear, D. Pedro Grau Maristany, a quien el Comité de las fiestas había quedado tan agradecido.
El Capitán General, D. Valeriano Weyler, se alojaba en Casa Espona, donde se le tenía preparado un magnífico dormitorio, rival del que ocuparía la Infanta en Casa Cortada. También iría a parar a dicha Casa Espona el Hm. Sr. Obispo de Girona, Dr. Pol, que ocuparía unos departamentos aislados de las demás habitaciones y muy propios de un Prelado de la Iglesia.
El Excmo. Sr. Arzobispo de Tarragona, Dr. D. Tomás Costa y Fornaguera, tendría alojamiento en el Palacio Episcopal.
Al Gobernador Civil le había preparado digno alojamiento en su propia casa el Alcalde, D. José Font y Manxarell.
El Excmo. Sr. Arzobispo de Valencia, Dr. D. Victorino Guisasola, se hospedaría en la casa de la Vda. de D. Miguel Ricart, en la calle de Santa María.
Los otros Prelados se alojarían por el siguiente orden: el Obispo de Barcelona, Dr. D. Juan J. Laguarda, en el castillo de Santa Marguerida, en Sant Juliá de Vilatorta, de donde vendría diariamente con automóvil. El de Lleida, Dr. Ruano, en el Convento de la Anunciata. El de Tortosa, Dr. Rocamora, en Casa Sala. El de León, Dr. Guillamet, en Casa Rocafiguera. El de Ciudad-Real, Dr. Gandásegui, designado como predicador en la Misa solemnísima del día 8, en Casa Picó (antiguamente Morgades). El de Ciudad-Rodrigo, Dr. Barberá, en el Noviciado del Escorial. El de Solsona, P. Amigo, en la Casa Misión de la Mercè. Y, finalmente, el de Calahorra, Dr. Sanromán en casa de la Srta. Pilar Feu.
Había preparados, además, otros alojamientos de honor para los principales congresistas que habían anunciado su venida y para otros personajes oficiales, más o menos esperados, que comparecieron los días de las fiestas. Después daremos cuenta de los que sirvieron. La clásica hospitalidad vicense no se mostró avara ni cancionera desde el primer momento en que fue llamada a contribuir al esplendor del Centenario. Y hay que tener en cuenta que todas las casas que hemos citado tuvieron ya otros huéspedes, de dentro o fuera de las respectivas familias, y probablemente más de los que podrían alojar. Entre todas las notas de las fiestas, la de los alojamientos de honor, es una de las más brillantes y completas.
Dejando aparte pequeños detalles que se irían ultimando, puede decirse que por la mañana del día 7 estaba todo listo para empezar a desarrollar el espeso y complicado programa de las fiestas. La animación en la Ciudad era ya verdaderamente extraordinaria.
XIV) LA ENTREGA Y BENEDICIÓN DE LA BANDERA. — EL TE-DEUM. – LA FIESTA DE LOS LLUISOS. – LA INAGURACIÓN DE LA NUEVA ESTACIÓN.
EMPEZAMOS, pues, el período de lo que nombrábamos fiestas pequeñas, aunque en realidad no lo fuera y sólo porque, por una u otra circunstancia, era de necesidad que precedieran a las grandes. Lo de la Bandera tenía, como es natural, gran atractivo y por eso para comenzar parecía la más indicada. Se había pensado en qué sería mejor, si bendecirla antes de entregarla o hacerlo al revés: quien dictó la solución de ello fue el señor Obispo, que quiso dar a la bendición toda la pompa posible y juntarla al esplendor de la ceremonia del Te-Deum. Quedó, pues, determinado que la entrega se hiciera la noche del sábado y la bendición del día siguiente en la Catedral, inmediatamente después del Oficio.
En la Bandera se había trabajado incluso en la mañana del mismo sábado, pero a las seis horas de la tarde la tenía en su poder la presidenta de la Junta. Del Escorial le habían traído ya también la hermosa cinta, dibujada igualmente por Pericas, destinada a conmemorar que la Bandera había sido ofrecida por las mozas ciudadanas y la ocasión en que habían hecho esta ofrenda.
He aquí la descripción que hizo entonces de ella, una pluma competentísima:
«En la nueva bandera se ha conservado la disposición de la antigua; formando toda ella un gran escudo de la Ciudad, cuarteado en aspa de barras catalanas y cruces de Sant Jordi. En la parte superior se ha añadido una amplia franja que la enriquece y tiene por objeto coronar la señal como se ve en la bandera tradicional de Valencia. En una de sus caras se lee el título de honor, CIVTAT DE VIC, y en la otra se ven las tres coronas, mural, condal y principesca, que corresponden a la población fuerte ibérica, metrópoli de los pueblos ausetanos; en la capital del Condado de Ausona, y a la Ciudad Real asignada como inalienable a su corona por los reyes Jaime II y Alfonso V. El arquitecto, José Mª Pericas, ha combinado estos elementos produciendo una obra originalísima, de regia magnificencia y prodigiosamente rica y armónica de tonalidades. Sobre todo la franja superior, en su parte anterior, merece las más entusiastas alabanzas. Una rica lanza de plata oxidada y realzada con pedrería corona la insignia civil vicense, viniendo el arma tradicional disimulada bajo formas y ornamentación especialísimas que parecen recordar el arte de los pueblos índicos asiáticos. El sello del arte informa todo el conjunto que acredita a su autor en buena forma.
La bandera de la Ciudad
»Han trabajado en la ejecución de la bandera vicense, bajo la inmediata dirección del arquitecto Pericas, el bordador José Sala, la casa Homar que ha teñido las franjas, dándole coloraciones finísimas, y los plateros Carreras, que han obrado la lanza. Todos han lucido en gran medida, dando pruebas de saber hacer bien las cosas.
»Las mozas vicenses han captado lo necesario para poder hacer bien, y tal como puede verse la nueva bandera. La dedicatoria la han puesto en una cinta pulcramente bordada en que se lee:
CENTENARI DEN BALMES MCMX
OFRENA DE LES VIGATANES
A LA CIVTAT
»El bordado de esta cinta está hecho en el Colegio del Escorial, con la cooperación de varias Colegiales de Vic interesadas en la obra de la bandera."
Se iluminaron las salas de la Casa de la Ciudad, se situó en la gran entrada la Banda municipal y, entre siete y ocho, comenzaron a reunirse las mozas en la sala anticonsistorial, en donde habían de acudir al arquitecto Pericas y los señores del Comité para montar la Bandera. Los concejales y demás gente oficial se reunieron en la Secretaría y los invitados iban llenando la Sala de la Columna, donde se tenía que hacer la ceremonia.
Momento de gran emoción para todos, y especialmente para quienes habían trabajado en los preparativos, fue el levantar la Bandera y entrarla al Consistorio, mientras el Ayuntamiento y representaciones oficiales se dirigían a la Sala de la Columna para ocupar el estrado. Enseguida fue entrada la Bandera en la misma sala al son de la música, saludándola un vigoroso aplauso de la concurrencia.
Entonces ocuparon las gradas del estrado las señoritas Pilar Feu, presidenta de la Junta, Soledad Sanvicens, secretaria, y Elvira Soler, designada por sus compañeras para tener la Bandera. La Srta. Sanvicens, en nombre de toda la Junta, pronunció un hermoso discurso en que, después de explicar como había nacido y como se había desarrollado la idea de hacer la Bandera y la parte que habían tomado todas las vicenses, cantó el simbolismo de la misma haciendo constar con palabra vigorosa que, al hacerle entrega al Ayuntamiento, se creían en el deber de manifestarle que para ellas los dos vivísimos sentimientos de Fe y de Patria eran los que la Bandera representaba y que sólo en defensa de ellos; bien unidos, inseparables, se tenía que levantar tan noble bandera. Un entusiasta aplauso del concurso premió el discurso de la Srta. Sanvicens, dicho con noble actitud y con gran entereza.
La Srta. Feu tomó entonces la Bandera de manos de la Srta. Soler y la puso en las del Alcalde, quien la recibió con gran emoción en medio de fuertes palmadas de todos. Después, dejándola en poder del Canonge Collell, contestó al discurso de la Srta. Sanvicens, abundante en los mismos sentimientos que ella había expresado, prometiendo en nombre de la Corporación municipal que presidía, que la nueva Bandera de la Ciudad sólo se levantaría en defensa de los dos ideales en su discurso glorificados que forman nuestra nunca interrumpida tradición. Dio el señor Alcalde las gracias a todos los que habían trabajado en la Bandera y, cada vez más conmovido, acabó su perorata que fue muy aplaudida.
La Bandera fue devuelta al Consistorio, desfilando todo el concurso, y más tarde, el pueblo que estaba estacionado en la calle delante de ella. Las mozas entraron nuevamente en la sala anticonsistorial, donde fueron obsequiadas con dulces pastas, y, poco a poco, la fiesta, que había empezado tan ceremoniosamente, se convirtió en una tertulia familiar y agradable, que duró largo rato.
El día siguiente, domingo día 28, a las nueve y media de la mañana, el Ayuntamiento en Corporación se dirigió desde la Casa de la Ciudad a la Catedral, precedido ya de la Bandera y acompañado de la Banda Municipal. La Bandera, falta aún de bendición, iba enrollada. Mientras se celebraba la Conventual, la Basílica se iba llenando de gente que quería presenciar el momento solemne de la bendición. El Alcalde tenía a su lado a las autoridades militar y judicial y también al representante de la familia Balmes, D. Jaime Salas Balmes. Abajo, en lugares de preferencia, había el Comité y la oficialidad de la guarnición.
Cuando hubo acabado el Oficio, las majestuosas campanas del secular Campanario iniciaron un repique general al que se añadieron inmediatamente las campanas de todas las iglesias de la Ciudad. Anunciaban el Te-Deum que se iba a cantar por haber llegado el día del Centenario del nacimiento de Balmes. Ni que decir tiene que ese repique, que no se había anunciado, llamó la atención de todos y llevó más gente a la Iglesia.
El señor Obispo subió del coro al presbiterio, se revistió de pontifical y, situado delante del altar, se avanzó hasta donde estaba el Alcalde señor Font, acompañado de los Tenientes Alcaldes señores Genís y Dou. Aquel llevaba la Bandera desplegada y de inmediato el Prelado hizo las ceremonias de la bendición, rodeado de los Capitulares y numerosísimo Clero. Terminadas esas ceremonias, estando todos de pie, incluso la gente de debajo de las naves, el señor Obispo pronunció un breve, pero sustancioso, discurso. Habló de la significación de la Bandera de la Ciudad, considerándola como el símbolo permanente de las dos integrantes fuentes de su vida, la Fe y el patriotismo, únicas que pueden sostenerla y que salvaría en medio de cualquier tipo de pruebas y conflictos. El lenguaje del venerable orador era entero y vibrante, sobre todo cuando añadió a los anteriores conceptos la observación de que difícilmente podía haberse elegido una ocasión más propia para bendecir la Bandera de la Ciudad que aquella del secular aniversario de uno de sus más grandes hijos, porque Balmes fue filósofo ilustre, escritor trascendental, pero fue también un patricio ardentísimo y un hijo abnegado de su tierra. Luego hizo una excitación al Ayuntamiento, representación de todos los ciudadanos, para que mantenga la nueva Bandera en el alto lugar de honor en que la había puesto la bendición. Prenda de que sería así, era el hecho de haberla venido a rendir al pie del altar, buscando por ella el bautismo del Cielo. «Y ahora -terminó el señor Obispo- damos de todo corazón gracias a Dios por haber concedido, hoy hace cien años, en la Ciudad de Vic, un hijo que le ha dado tan alta y legítima gloria.»
Entonó entonces con la robusta voz de antes el Te-Deum laudamus, que ejecutó también con gran vigor la Schola Cantorum de la Basílica, sobre partitura del Maestro Perosi y bajo la dirección de Mosén Romeu.
Terminada la función religiosa, el Ayuntamiento se volvió a la Casa de la Ciudad con la Bandera desplegada, la cual fue saludada y aplaudida al salir de la Catedral y después en todo el curso. Al llegar al Palacio Municipal, la gente estacionada en la Plaza pidió que fuera sacada al balcón. Y así fue hecho, recibiéndola el público con un estruendoso aplauso. La Bandera no fue retirada del balcón hasta la tarde.
Preocupado y ocupado todo el mundo en los preparativos de las fiestas grandes, ya no hubo más pequeñas durante la semana. El domingo, día 4 de Septiembre, se celebraron dos actos: la fiesta de los Lluïsos y la inauguración de la Estación nueva.
La fiesta de los Lluïsos revistió especial solemnidad. Se celebró en la Juventud Católica y fue presidida por el señor Obispo. Se leyeron notables poesías de reputados poetas de Vic y de fuera de Vic, se cantaron hermosas composiciones por el coro de la Congregación, dirigido por el padre Miguel Rovira, entre ellas un valiente Himno a Balmes, la música era debida al joven Maestro Lambert. El conocido escritor y periodista D. José Bofill y Matas hizo un notable discurso estudiando a Balmes, no la obra, sino el hombre, haciendo ciertas aplicaciones de su vida y de su conducta en la vida actual. Este discurso fue muy aplaudido y celebrado después por todos los que tuvieron la satisfacción de oírlo. El señor Obispo cerró la sesión glosando algunos conceptos del orador y haciendo exhortaciones oportunas a la juventud para que imitara al gran Balmes y siguiera sus huellas. Finalmente, dio gracias a todos los que habían intervenido en la fiesta.
La inauguración de la nueva Estación del ferrocarril fue una fiesta sencilla y agradable. Ya desde el primer tren de salida quedó abierto el nuevo edificio al servicio de los viajeros, que pudieron experimentar las comodidades del mismo, dignos de una Estación de primer orden. Por la tarde, en lujoso tren especial, vino el representante del Comité de la Compañía de C. de F. del Norte, señor Coll, acompañado de algunos altos empleados, especialmente de la sección facultativa, el Delegado del Gobernador Civil, señor Die, y de varios corresponsales de la prensa diaria de Barcelona. Fueron recibidos por el Alcalde y el Ayuntamiento, Vicario General de la diócesis en representación del señor Obispo, autoridades judicial y militar, Diputado señor Bosch y Alsina, delegación del Comité del Centenario, los representantes de la prensa local y otras personas. En el patio de la Estación tocaba la Banda militar. La ceremonia consistió en descubrir la lápida dedicada á Balmes y colocada en la fachada del flamante edificio. Hablaron el Alcalde, el señor Coll y el Canonge Collell, éste en catalán. Después de la ceremonia la comitiva hizo visita al señor Obispo y al Ayuntamiento. Se terminó la fiesta con un sustancioso lunch servido en el mismo restaurante de la Estación por Pince de Barcelona. El lunch acabó con brindis de los jefes de mesa.
En el mismo tren especial en que habían venido, volvieron los expedicionarios barceloneses, despedidos, por calurosos aplausos de los vicenses que habían asistido a la fiesta.
Los trenes que iban entrando en las vías de la Estación nueva llevaban ya buen contingente de forasteros y bastantes congresistas.
XIII LA ETIQUETA. — EL CEREMONIAL. — LA PROCESIÓN EUCARÍSTICA.— LA ANIMACIÓN DE LAS VIGILIAS.
DESDE el momento en que a las fiestas tenían que venir la dignidad real y muchas dignidades eclesiásticas, delegación del Gobierno, de la Diputación, del Ayuntamiento de Barcelona –que había votado una subvención de mil pesetas para el Comité y otras mil para los gastos de representación- y otras ilustres corporaciones, oficiales o no oficiales, le tocaba al Comité preocuparse también de la etiqueta y dejar bien convenido y bien entendido el ceremonial de cada uno de los actos. Ni para dictarlo ni para ponerlo en práctica se creyó el Comité suficientemente capaz por sí solo. Como había hecho para la mayor parte de las fiestas, por cada una de las cuales había nombrado una subcomisión organizadora, se creyó en el caso de designar una junta de obsequios y ceremonias que pudiera dedicarse especialmente a este asunto, fuente abundosa de contrariedades y disgustos por poco descuidados que sean y mucho más cuando en los actos tienen que intervenir tanta gente oficial, tantas jerarquías que muchas veces se tropiezan las unas con las otras. Por de pronto ya se veía venir un conflicto que tendría difícil solución: ¿cómo se lograría hacer caber a la hora de la Misa el Ayuntamiento en su lugar acostumbrado del presbiterio de la Catedral, a pesar de ser suficientemente espacioso, habiéndose de colocar también la señora Infanta con el Ministro y los demás acompañantes, y aquella con trono y dosel que ocuparía gran espacio, habiendo ya otro dosel para el celebrante, que sería probablemente el Arzobispo de Tarragona, rodeado del numeroso personal que pedía un pontifical como el que se preparaba; teniéndose también que poner asientos, y asientos pomposos, para los doce o trece Prelados que se esperaban y teniéndose también que acomodar al Capitán General, el Gobernador y las comisiones de la Diputación y del Municipio barcelonés que ya se sabía que vendrían rodeadas de la mayor pompa posible? Se habló de una tarima fuera del presbiterio, pero al nivel del mismo, como la que se puso para los Procuradores de San Miguel de los Santos. Pero no podía ser porque habría estorbado a la entrada y salida de la comitiva. Algunos regidores parece que manifestaron la opinión de utilizar el llamado Banch dels Concellers, delante del coro, abandonado por el Ayuntamiento, pero aquel era el espacio destinado a la masa popular de coristas que tenían que ser parte en el canto de la Misa y era imposible sacarla de allí, teniéndose que ver los dos coros, el de arriba y el de abajo, para compenetrarse. Se habló de algún otro proyecto que ofrecía aún más dificultades... Era evidente que la solución del conflicto requería mucho estudio y paciencia. Por eso convenía que la Junta de ceremonias trabajase incansablemente en este asunto. Mientras, el regidor D. José M.ª Bach Alavall, ayudado por el Comité, se daba prisa en trabajar en la preparación de la indumentaria que debía llevar la comitiva oficial en la Misa y en la inauguración del Congreso, teniendo en cuenta que delante tendría que ir la nueva bandera de la Ciudad, que el banderero tendría que ir en caballo y no podría ir solo. En la preparación de estas cosas hay un montón de pequeños problemas a resolver que nadie que no esté metido puede figurarse. Y, además, por muy pronto que la organización se ponga en marcha, siempre falta tiempo y, como los organizadores, para entenderse y no estorbarse los unos con los otros, han de ser pocos, el trabajo resulta muy a menudo superior a sus fuerzas.
La Junta de ceremonias tenía que atender, aparte de los actos oficiales, a las funciones del convite, y pesaba sobre ella una delicada responsabilidad: tenía que dejar en buen lugar la galantería vicense. El Comité se había propuesto que todos los actos tuvieran un carácter urbano indiscutible y esto era lo que le hacía falta hacer a la Junta de ceremonias, que –dicha sea en verdad- se penetró enseguida de los deberes que pesaban sobre ella. Por otra parte, desde su Presidente, el distinguido Notario D. José Sans, hasta el último jovencito que había sido llamado, aceptaron con evidentísimo gusto el encargo que se propusieron cumplir, como cumplieron. A esta Junta se debe principalmente la distinción y suave ordenamiento que revistieron todos los actos.
Ella tenía a su cargo la recepción de los Congresistas, que comenzaron a llegar el día 3, y que les obligaba a hacer turnos para que hubiera una representación en la Estación a la llegada de cada tren; le tocó recibir casi de uno en uno los Prelados y hacerles los correspondientes honores hasta dejarlos en su respectivo alojamiento; se tuvo que hacer el recibimiento del Orfeón Catalán, la tarde del día 7, pocos momentos antes de llegar Dª Isabel y su Comitiva, y en medio de todo esto no nos tenemos que olvidar de los preparativos, a veces bastante vulgares, de las grandes ceremonias.
Y, puestos ya en el carril de las fiestas, figúrate lector, que tráfico… Y ahora arréglate y ahora desarréglate, y corre de aquí para allá, previendo una hora, otra hora corrigiendo, más tarde enmendando olvidos inevitables. Queremos decir que se tiene que hacer constar el mérito de esta Junta de ceremonias de la que dependía tan directamente el esplendor de las fiestas.
Una de las solemnidades que pedía más larga y justa preparación era la Procesión Eucarística, que, como coronación del Congreso, se había anunciado por la tarde del domingo, día 11. Era una fiesta que el pueblo esperaba como al santo advenimiento. Los forasteros la vendrían a ver en masa y si no estaba bien preparada y, por consiguiente, no triunfaba, sería una dolorosa afrenta para la Ciudad y especialmente para los que la habían iniciado. Dentro del Comité fue de las cosas que más dio que pensar y que dudar. Por una parte, esfumaba todo temor –y a esto nos aferrábamos los optimistas- la observación, cientos de veces repetida, de que una procesión en Vic es un acto que enseguida se hace popular y por él mismo, sin gran preparación, resulta. Por otra parte había dos circunstancias que realmente hacían discurrir y que, en realidad, perjudicaron a alguna de las fiestas: primera, la ocupación incesante de todas las Comisiones durante los cuatro días de fiesta que precederían al domingo, y, segunda, la inevitable fatiga que en todo el mundo, pero principalmente en los organizadores, causarían la preparación y ejecución de las fiestas anunciadas. Como siempre, triunfa el patriotismo, porque dentro del Comité, al hablarse de trabajo y sacrificio, nunca nadie se retraía; pero es cierto que sin poder contar con la Junta de ceremonias, que también se empeñó especialmente en ella, la preparación de la Procesión Eucarística habría hecho mucha más pereza.
Todo el inmenso trabajo preliminar de las fiestas se iba, pues, redondeando y ultimando. A finales de Agosto, el tráfico en toda la Ciudad era casi imponente. Al lado del duro trabajo de paletas, carpinteros, cerrajeros, pintores, etc., que se ocupaban de la restauración de interiores y fachadas, se juntaba el de adornistas, jardineros, electricistas, maquinistas de teatro y no sabemos cuantos más que no recordamos. La brigada municipal, considerablemente aumentada, se daba prisa en allanar la calle de Verdaguer, abierta ya en toda su extensión, resueltas ya, definitivamente o provisionalmente, las empeñadas cuestiones de rasantes que habían apasionado a los magistrados municipales. Por su parte los artistas, cerrajeros, con la ayuda de los albañiles de Luís Ylla, se pasaban día y noche montando las farolas de Gaudí, llevadas a la realidad por Canaleta. Aquella nota tan nueva y tan original tenía la facultad de reunir a todas horas, y especialmente hacia el atardecer, cuando se terminaba la jornada de trabajo general, gran número de curiosos que, después de admirar como aquello había nacido, trataban de adivinar como se acabaría.
Comenzaban a ondear banderas, se iniciaba la llegada de forasteros, y dentro del Comité y de la Comisión artística no se acababa nunca; el correo venía lleno de comunicaciones que se tenían que contestar; la campanita telefónica sonaba continuamente; sastres y modistas no podían dar al abasto; los panaderos tenían miedo de que, por más que elaborasen, los últimos días de las fiestas faltaría pan, y la curiosidad general aprovechaba todas las señales que podían darle alguna luz para acabar de componer el carácter de unas fiestas, muchas de las cuales eran para la mayoría una novedad casi misteriosa.
Y así llegó el sábado día 27 de Agosto, designado para el acto de entrega de la Bandera de la Ciudad que elaborarían las chicas de la consabida Junta, al Ayuntamiento, al atardecer de aquel día.
Esta era la primera fiesta del Centenario.
XII) LA EMPALIADA DE LAS CALLES. — LAS LUMINARIAS. —LAS INICIATIVAS PARTICULARES. —LAS RAMBLAS Y LA PLAZA MAYOR.
COMO puede suponer el lector, la Comisión de las fiestas cívicas primero y el Comité después dieron a la empaliada general de la Ciudad la importancia que se merecía, entendiendo que una buena parte del dinero que tuviera tenía este que destinarlo a estas obras. No es que no se tratara de entorpecer sus intentos con argumentaciones que, en caso de haberlo descuidado, habrían sonado en sentido completamente contrario, pero sin dejar de estar atento en lo que queda y en lo que pasa, entendió que, en definitiva, de fiestas se trataba y que, por consiguiente, la Ciudad tenía que aparecer vestida de fiesta. Y tomó la resolución de vestirle sin dudas ni discusiones inútiles.
Confirmó la designación que la Comisión de fiestas cívicas había hecho de la persona de nuestro reputado pintor D. Manuel Puig y Genís para la dirección general de la empaliada y nombró, como dijimos más arriba, una Comisión artística que le ayudara con su consejo y con su cooperación. Esta Comisión practicó primeramente un estudio y trazó después un plan, no dejando de recoger todas las ideas aceptables que en el sí de la Comisión de fiestas cívicas habían nacido y se habían aplicado. Quedó firme la resolución de extender la que diríamos empaliada oficial a todo el anillo de las Ramblas, es decir, a nuestro boulevard, y, aprobada entre aquellas ideas la de hacer remarcar el carácter de la Rambla de Moncada iluminando con faroles la muralla del siglo XIV, esto mismo inspiró a la Comisión artística otro plan, verdaderamente feliz y que tenía que resultar de gran efecto: que es desarrollar en esta extensión de Ramblas la que podríamos nombrar historia de la luminaria, desde el farol hasta la electricidad. Ayudaba admirablemente a la realización de este proyecto la circunstancia de iluminarse el local del Congreso de Apologética con el gas acetileno, que daba facilidades para hacer otra instalación exterior de este fluido en la Rambla de Santo Domingo.
Y dicho y hecho. La Comisión artística, de acuerdo con el Comité, dejó inmediatamente trazado el siguiente plan que se llevó rigurosamente a efecto: comenzando por Santa Teresa, se iluminaría toda la muralla de la Rambla de Moncada con faroles, que se harían expresamente y del dibujo de las cuales se encargaría el arquitecto señor Pericas; desde el puente de San Francisco hasta el Palacio Episcopal se iluminaría el Paseo de la Muralla con hileras de antiguas lamparillas de aceite, con la luminaria popular de hace media centuria; después hasta entrar a la Rambla de Santo Domingo se recurriría a las iluminaciones a la veneciana, poniendo profusión de farolillos de papel con los más vivos colorines; la Rambla de Santo Domingo, como ya queda indicado, iría iluminada con coronas de gas acetileno, y en el sitio del Hospital comenzaría la luminaria eléctrica que ya no se acabaría hasta alcanzar a la iglesia de Santa Teresa. La decoración, sobria donde no había electricidad, se iba complicando en las Ramblas donde sí que había.
Pero también la luminaria eléctrica se variaba en cada una de las Ramblas. La del Hospital tenía que lucir, como lució unos vistosos salomones que tuvieron gran aceptación: la de las Davallades tenía señalados unos aparatos laterales que jugaban con las palmas, las paneras de flores y el soberbio velarium que cubría aquella espaciosa vía, velarium que jugaba con los grandes y artísticos carteles que iban de parte a parte y en los cuales se resumía la vida y la obra de Balmes; pero, apenas puesto, una fuerte ventolera rompió dicho velarium y entonces se hubo de modificar el decorado; la Rambla del Carmen tendría a cada lado una guirnalda de flores luminosas y, en medio, se haría una empavesada general de segura vistosidad; en el Paseo de Santa Clara, después de unas radiantes entradas de luces multicolores, se iluminaría siguiendo la misma sinuosidad de las ramas de los árboles con profusión de bombillas de tonalidad dorada, y se adornaría con grandes y vistosos cestos de flores que colgarían de la misma ramada, y, finalmente, en la Rambla de Santa Teresa se repetiría la luminaria de la Rambla del Hospital. Naturalmente, las banderas, en general españolas y catalanas, y profusión de escudos alegóricos completarían y animarían la empaliada.
Con sencillez pero con buen gusto se adornaría e iluminaría, como así se hizo, la nueva calle de Verdaguer desde la Rambla a la Estación del ferrocarril. Delante de esta formarían la entrada de la Ciudad, puestas en arco triunfal, la bandera de España, la de Cataluña y la de la Ciudad, y el ingreso a la Rambla se efectuaría con cuatro artísticas pirámides modeladas en yeso, ceñidas con guirnaldas, coronadas también con banderas e iluminadas de luceros con profusión de luces.
Pero para la Comisión artística el compromiso más grande estaba en la Plaza Mayor, de la empaliada de la cual naturalmente también se ocupaba el Comité, pues allí se tenían que desarrollar varias de las fiestas populares que anunciaba el Programa. Esta circunstancia obligaba a trazar una decoración que no pusiera trabas y de esta misma circunstancia nació la singular idea del arquitecto señor Pericas, que propuso como motivo de decoración y luminaria una inmensa tela de araña llena de bombillas de incandescencia, de banderas centelleantes y de originales motivos de ornamentación, que se sujetaría con grandes cables de alambre de las terrazas y tejados de las casas. Este hermoso pensamiento no se pudo llevar a la práctica por dificultades materiales en la instalación y por su coste, superior al presupuesto a que el Comité tenía que sujetarse.
El otro plan nacido dentro de la Comisión artística era la circunvalación de la plaza con un gran cuadro chaflán de vistosas antenas coronadas de lujosas banderas, sostenidas por elegantes taburetes, adornadas por ricos escudos rodeados de luces y, unidas entre sí por grandes y bien hechas guirnaldas de encina cubiertas de flores de luz. En resumidas cuentas de hermosísimo efecto. Jugando con esta decoración, que adornaba y no molestaba, se tenía que levantar en la parte de poniente una espaciosa tribuna, decorada con el mismo estilo que lo otro, desde la cual la señora Infanta, las Autoridades, el Ayuntamiento y todas las numerosas representaciones oficiales y Comisiones, presenciarían las fiestas populares que allí se tenían que celebrar.
Pero la luminaria de la Plaza tenía otro elemento más nuevo y original que tenía que obtener infalible éxito: tal era la acusación por una línea seguida de luces eléctricas de las siluetas de los tejados y terrazas de las casas. Este pensamiento mereció la aprobación general tan rápido como la Comisión artística la dejó conocer.
Por todo lo dicho ya puede imaginarse el lector el papel principal, que en esta fastuosa iluminación representaba la electricidad, para la obtención de la cual trabajaba desde el mes de Diciembre la delegación que había designado la Comisión de fiestas cívicas. Se tenía que acudir, naturalmente, a la Sociedad Hidráulica del Freser, que dio todas las facilidades que estaban en su mano, que, desgraciadamente, no era todas las que convenían. La importante cantidad de fluido que se necesitaba estaba; la Hidráulica la tenía. Tenía para todo: para servir al Comité, para no faltar al Ayuntamiento, al Cabildo Catedralicio, a las sociedades y a todos los particulares que la necesitasen; pero esta abundancia de fluido la tenía en bruto, sin transformadores y sin líneas de conducción, salvándose las partes que podían obedecer a las líneas ordinarias, que bastarían para satisfacer las peticiones de los particulares por muchas que fueran, bien que por un precio más crecido del que estos deseaban.
Ahora, por su luminaria, el Comité podía confiar en la energía en bruto, pero él se tenía que cuidar de conducirla y repartirla. Y no era cosa fácil encontrar los medios. Se recibieron varias propuestas y, al fin, el Comité, de acuerdo con la Comisión artística, determinó tratar con D. W. Lazzoli, quien tenía en su mano y podía traer aquí todos los recursos que por el plan ideado se necesitaban.
Contando con la cooperación de Lazzoli, la faena de la Comisión artística se hizo más llevadera, y todo se resolvió en trabajo, pero trabajo incesante que dejaba poco reposo y obligaba a veces a consumir horas de noche o la noche entera. La misma cooperación de Lazzoli hizo que las iniciativas particulares pudieran más ampliamente desplegarse y pudiera haber opción a los premios que el Comité hacía tiempo que había anunciado para las calles que se presentasen mejor adornadas y bien iluminadas. Y es evidente que esto había de contribuir en gran manera al suntuoso aspecto de la Ciudad durante los días de las fiestas. El entusiasmo y la satisfacción popular quedarían brillantemente demostrados con las empaliadas que las calles preparaban, completando el trabajo pesado de la Comisión artística.
XI) LA REPRESANTACIÓN REAL. – EL PROGRAMA. – LA MISA: LOS ENSAYOS EN VIC Y BARCELONA.
YA dijimos anteriormente que, cuando fue una Comisión a Madrid a enterar al Rey y a su gobierno del proyecto de las fiestas, obtuvo de aquél la solemne promesa de que sería él quien presidiría el homenaje a Balmes, si era posible personalmente y, sino, por delegación portada por un Infante. Por razones de carácter excesivamente íntimo para retraérselas aquí, teníamos la confianza de que el delegado regio, cuando el Rey no pudiera venir, sería la Infanta Isabel, de quien nos constaba que, en tal caso, llevaría esta delegación con gusto y complacencia. Pero la Infanta Isabel había llevado igual representación a la República Argentina y había motivo para temer que la fatiga de tan largo viaje fuese un grave tropiezo para su venida a nuestra Ciudad. Por otra parte, hasta casi a última hora, el Comité pudo creer que el viaje personal del Rey no era cosa a que se pudiera renunciar. El día de San Juan de Junio había venido a Barcelona el Ministro de Fomento, señor Calbetón, y, para hablarle de la real visita y de pasada del estado de la subvención oficial, fue a encontrarlo al Gobierno Civil una representación mixta del Comité Ejecutivo y de la delegación del mismo en Barcelona, presidida por el Alcalde y acompañada del Diputado a Cortes, señor Bosch y Alsina. El Ministro, al ser preguntado sobre si vendría el Rey u otra persona de la real familia, respondió que él creía que sería el Rey, por haberle oído decir siempre que tenía la intención de presidir personalmente las fiestas y que no se había desdicho hasta entonces. Está claro que las circunstancias políticas podían cambiar todo esto, como, en efecto, lo cambiaron.
Al Comité no le era igual que viniera el Rey o un delegado suyo, aunque fuera de la misma familia real: las condiciones de alojamiento, por de pronto, tenían que ser distintas. Por eso ya con tiempo se había prevenido y estaba orientado respecto del particular: se había convenido con el señor Obispo que, si el que venía era el Rey, se alojaría en el Palacio Episcopal, como la otra vez, y, por si era un infante o infanta, se había pedido a la amabilísima familia del Conde del Valle de Marlés que le diera hospedaje en su casa. Y esta noble y distinguida familia, con el joven Conde en cabeza, se había puesto a disposición del Comité, accediendo inmediatamente a su petición y preparándose para no ser digno de lástima, si llegaba el caso, para hacer a quien viniera agradable y digna esta hospitalidad.
Pero los días iban pasando, el mes de Agosto avanzaba y aun no se sabía nada. Finalmente, el viernes día 26 llegó la noticia telegráfica de que la representación del Rey la llevaría la Infanta Isabel. Algunos días antes se había ya sabido que la venida de un infante o infanta era cosa infalible, y así lo había prevenido al Conde del Valle de Marlés una Comisión que fue a Ripoll y cercanías por asuntos de la fiesta folclórica. La familia Oriola veraneaba entonces, según su costumbre anual, en la hermosa posesión de Rama, entre Ripoll y San Juan de las Abadesas. Al saberse la noticia de que definitivamente venía la Infanta Isabel, envió el Comité un miembro propio a Rama, no solamente para llevar aquella, sino para facilitar al Conde del Valle de Marlés su trabajo con algunas instrucciones de detalle que podían convenirle. El Conde vino a Vic el mismo día de recibir la noticia y, a la mañana siguiente, lunes, comenzaron los preparativos para poner el antiguo palacio de los Orioles a punto para recibir dignamente la regia visita. Con el plan que la familia tenía ya trazado y con la buena voluntad y con el afecto con que lo hacía, el trabajo resultaba fácil, aunque quedaba poco tiempo para realizarlo.
Mientras tanto, el sábado, había ido a Barcelona una delegación del Comité, con el Alcalde, llamada por el Gobernador, a fin de trazar con éste el programa de viaje. Se tenían que marcar los días y las horas de llegada y de salida, y combinar –que esto era lo de peor factura- las funciones anunciadas en el Programa, ya lanzado al público, con la presencia de la señora Infanta. Ya previendo esto y fundado en otras razones dictadas por la experiencia, el Comité había dejado de señalar horas en el referido Programa, reservándose hacerlo en la hoja diaria que se proponía publicar durante la tongada de las fiestas. La estancia de la Infanta en Vic se tenía que reducir a 48 horas justas. El Comité ya calculaba que la llegada fuera el día 7 de Septiembre por la tarde y así fue convenido con el Gobernador. Dentro de estas 48 horas se tenía que incluir aun una excursioncita a Ripoll que se podía hacer con brevedad. El Comité ya contaba también con esta excursión. En lo que se tenía interés era en la señora Infanta asistiera a la fiesta folclórica, programada para la tarde del día 9 con el fin de que se tenía que evitar que volviera directamente de Ripoll a Barcelona. Y así se hizo, señalando la ida a Ripoll por la mañana del día 9 y dando tiempo a que la vuelta, ante de ir a comer, inaugurara el Concurso pecuario. Para presionar más a la señora Infanta en este asunto particular, se acordó que esta comida fuera la oficial del Ayuntamiento y se hiciera en la Casa de la Ciudad.
En la conferencia con el Gobernador resultó labor sencilla combinar este programa del viaje. Como se supone, se le indicaba a la señora Infanta la conveniencia de que el día 8 se dignase asistir al Pontifical de la Catedral, por la tarde a la inauguración del Congreso de Apologética y por la noche al concierto que teníamos encomendado al Orfeón Catalán.
Concluido este programa con el Gobernador se envió inmediatamente al Ministro de Instrucción Pública, quien, al recibirlo, fue personalmente a la Granja a someterlo a la aprobación de D.ª Isabel. La aprobación vino en seguida telegráficamente y con palabras muy satisfactorias y muy gratas para la Ciudad.
El Gobierno quería tener su representante que, al mismo tiempo, hiciera compañía de honor a la señora Infanta y creyó que nadie era más indicado que el Ministro de Instrucción Pública, D. Julio Burrell, que era quien había tocado todos los detalles de este asunto. En efecto, él fue el designado, pero, al cabo de pocos días de esta designación, se hizo una nueva a favor del Ministro de Gracia y Justicia, D. Trinitario Ruiz Valarino, alegando la razón de que al de Instrucción Pública no se lo permitían sus numerosas ocupaciones –y especialmente los preparativos de una Asamblea de primera enseñanza que decían se tenía que celebrar en aquellos mismos días, pero que no se celebró- alejándose de Madrid. Además acompañarían a Dª. Isabel su dama de honor, señora Duquesa de Nájera; su secretario particular, señor Coello; el general Aranda y otras notables personas.
Indudablemente la venida de una representación real daba a la fiestas mayor esplendor y a esta representación se le añadía especial atractivo el prestigio personal de Dª. Isabel, aumentado últimamente por su éxito en la representación llevada a Argentina. Nuestro pueblo recibió a la señora Infanta con todo su afecto, hermanado con su seriedad proverbial.
Como hemos indicado antes, hacía ya algunos días que corrían los programas. El público arrebató talmente de los lugares de venta el primer millar que había salido de la imprenta y consumió después los otros tres mil que se pusieron en circulación. La nueva y artística cubierta arrancó un aplauso general y la pulcritud con que la estampa Portabella cuidó del texto hizo que todo el mundo la alabara. Llamó la atención la circunstancia, que ya hemos hecho notar, de no marcar las horas de las funciones, si bien la gente se hizo cargo pronto del porqué se hacía. El Comité no había hecho el programa a la ligera, sino que había puesto detenido estudio en su redacción. Puso, sobre todo, especial empeño en que la sustancia de cada una de las fiestas resaliese por sí misma, sin hacer nada para que se notase, ni aplicar calificativos pretenciosos que la mayor parte de las veces resultan mentirosos. No había ninguna función que llevase delante de ella el adjetivo grande, como de costumbre: solamente dos veces se usaba el solemne, aplicándolo a la Misa y al procesión Eucarística, más que para ponderarles para usar términos propios de la liturgia. El Comité, en lo que estaba empeñado, era en que las fiestas fuesen grandes sin necesidad de decirlo.
Cuidó también de que no entrasen minuciosidades que desvirtuasen el valor, que nadie se atrevió a negar, del conjunto del Programa, y eso que la enumeración de algunos detalles habría satisfecho al público. Además prescindió en absoluto de toda fiesta particular, aunque le constara, como le constaba, que casi todas las sociedades recreativas estaban preparando funciones especiales, algunas de las cuales resultaron verdaderamente notables. En vista de esta sobriedad, no faltó quien se preocupara de publicar un programa de fiestas particulares y hasta quien se dedicó a reproducir el de las públicas aparte del Comité, ligándolo con el negocio de los anuncios que el Comité, desde el primer día de hablarse de programa y con completa unanimidad de opinión, acordó proscribir, a pesar de tener motivo para explotarlos, contribuyendo a llenar las arcas de las fiestas. Empeñado en que el Programa fuera una nota verdaderamente artística, huyó de toda cosa de sentido utilitario que pudiera afearlo.
Entre los preparativos resaltaban especialmente los que se iban haciendo en Vic y en Barcelona para la ejecución de la Misa del Centenario, que había compuesto Mosén Romeu. Aquí los ensayos habían comenzado pronto, primeramente los parciales que se hacían en las casas de comunidad y en los colegios de donde tenían que salir los elementos que formarían el coro popular a quien tocaba cantar los versos gregorianos de la Misa De Angelis, alternándolos con los de música figurada moderna que había escrito nuestro entusiasta Maestro de Capilla y que, como ya hemos dicho antes, tenían que cantar en el coro alto de la Basílica los hombres y chicos del Orfeón Catalán.
A Mosén Romeu y a todos los que aquí le ayudaban a llevar la barca a puerto se les había ocurrido una idea hermosa: si, por dirigir este coro popular, se pudiera hacer venir de Montserrat al entusiasta gregorianista Padre Sunyol!... Qué fácil sería así asegurar por este lado el éxito de la grandiosa Misa! No se tenía que entretener a dudar de ello: se puso manos a la obra, se acudió al Abad y, no sin dificultades, se consiguió que dicho P. Sunyol viniera, cuanto menos, a dar instrucciones al coro y a encarrilarlo, asistiendo a los primeros ensayos formales que entusiasmaron a todos los que tuvieron ocasión de oírlos, y a lo mejor más que a nadie al joven y competidísimo monje, a la batuta del cual se sometían, con tanta docilidad y admiración, las numerosas personas que con la solfa en la mano la seguían incansablemente con sus ojos. En esta solfa, tirada expresamente, había los versos gregorianos a cargo del coro popular y las primeras voces del canto moderno que hacían aquí las de la Schola puerorum de Mosén Romeu.
Y he aquí que, cuando los ensayos se iban calentando más, vinieron las dos fiestas de la Asunción. El P. Sunyol, fiel a las órdenes que traía de sus superiores, tuvo que pasarlas a Montserrat sin dar grandes esperanzas de que volviera y dejando a entender de todas maneras que sería muy difícil que él personalmente pudiera dirigir el coro popular el 8 de Septiembre por ser aquel día la fiesta de la Patrona de Cataluña, que, no por haber la otra canónica, más importante por consiguiente, dejaría de celebrarse. Entonces fue cuestión de convencer al P. Abat de la necesidad que teníamos del P. Sunyol. Se procuró que interviniera en ello nuestro señor Obispo y se logró que esta intervención fuese decisiva. El P. Sunyol volvió pocos días más tarde y ya no se movió de aquí hasta pasadas las fiestas, salvando una pequeña escapada a Barcelona para asistir a los ensayos del Orfeón Catalán.
Hablemos también de estos ensayos que tanta importancia revestían y que para el Maestro Millet era una verdadera prueba. Ahora que él lo ha dicho en un artículo público, ya no se da el caso de callarnos alguna intimidad que, por otra parte, a lo mejor suprimiríamos. Indudablemente Millet, como los demás Maestros del Orfeón, había encontrado tropiezo en la idea de una Misa como la de la que se trataba; pero una cosa era la teoría y otra cosa la práctica. Esta teoría continuó gustándole a Millet cuando, en la sesión íntima de que más arriba hablamos, Mosén Romeu dejó saltar algunas chispas de realidad sobre las teclas del piano y de viva voz, pero, claro, chispas y fuera. Millet, que tiene fe en nuestro compositor, le dejó hacer y esperó la partitura. Y, cuando hubo visto la partitura, y uno le preguntó por el efecto de la leída, encontramos a un hombre reservado y dudoso, contra todo lo que esperábamos.
-Pero ¿es que no le gusta...?
-¡Oh basta! no es esto, no es esto...
-Mosén Romeu, ya sabe V. que atenderá gustoso todas las observaciones que le haga; incluso renunciará...
-No, no... Pero tenemos que estudiar, lo tengo que oír... Porque no estoy seguro del efecto que puede hacer esto, tan nuevo, tan singular... Y Mosén Romeu, Mosén Romeu... se nos vuelve un poco extravagante. Ya le escribiré a Mosén Romeu.-
Que era lo que uno quería, porque ya sabíamos que se tenían que entender, como así fue. Y, de la manera que, faltos de técnica, podíamos entenderlo, nos explicó lo que le encontraba, lo que consta en el artículo de la Revista Musical a que hacíamos referencia.
Los primeros ensayos –novio de pocos días- los realizó el Maestro Pujol, porque Millet, que había tenido un invierno y una primavera muy laboriosos, necesitaba una tongada de reposo. Incluso a lo mejor le vino bien encontrar ya la cosa desbrozada cuando comenzó a poner su batuta. Podía ya apreciar los efectos, y se tiene que decir que la animación le fue creciendo día a día, convencido cada vez más de que iba a poner su robusta espalda en una cosa digna de él y del Orfeón Catalán. Y repara, lector, que el trabajo de éste no era pequeño, porque se tenía que adiestrar a los dos coros, el de los hombres y chicos y el de las chicas que tenían que ayudar e influir poderosamente en el coro popular que bajo la batuta del P. Sunyol se iba aquí nutriendo y desahogándose.
El miércoles, 30 de Agosto, Mosén Romeu, el P. Sunyol y el autor de la presente Crónica fuimos a Barcelona a oír uno de los últimos ensayos generales de la Misa. Mucho rato de fruición musical contamos en nuestra vida: ninguna tan memorable como aquella. No se puede negar que podía influir el patriotismo, pero nuestros dos respetables compañeros sintieron lo mismo que uno sintió. La Misa resultó indudablemente más grandiosa e imponente el día de la fiesta, pero aquella velada, en la sala de ensayos del Orfeón, con una atención de todo el mundo verdaderamente religiosa, poniéndole todos los cantores el corazón y el alma, no hubo detalle, ni punto, ni coma, que no se sintiera, que no destacara con todo su relieve, con tal exquisitez que toda la inspiración de la obra, todo aquel inexplicable perfume del canto gregoriano acabaron por entusiasmar al mismo Maestro, quien, al acabar, saltó de la tarima para abrazar a Mosén Romeu y darle la enhorabuena. La batalla se había ganado. Sin necesidad de abdicar de una sola de sus convicciones el Maestro Millet reconocía que el efecto era seguro y la Misa se tenía que imponer.
El viernes siguiente, a ruegos del Mosén Romeu, Millet vino a Vic para asistir a uno de los ensayos del coro popular, saliendo satisfecho y no dictando otra modificación que una, que resultó certera: que el coro fuese acompañado desde arriba con el gran órgano en vez de hacerlo con el pequeño desde abajo, como se había comenzado a hacer, para asegurar mejor la compenetración de las voces con el instrumento, consolándose con perder el tono de majestad que el gran órgano daba al conjunto, pérdida de la cual de ninguna manera quiso el Director del Orfeón resignarse.
Y, perdona lector, que nos hayamos entretenido tanto en estas minucias de los ensayos de la Misa, que nos ha parecido que tenían que gustarte.
X) CALISTENIA. – ALOJAMIENTOS. – TRENES EXTRAORDINARIOS.
EN el Cartapacio de la Comisión de fiestas cívicas figuraba una fiesta calisténica, o de gimnasia rítmica, que se tenía que hacer con el auxilio de los Maestros y alumnos de las escuelas públicas de la Ciudad. Pero últimamente no tenía que ser una fiesta calisténica en el riguroso sentido de esta palabra, sino una función de rondas infantiles y canciones animadas, según el procedimiento de Jaques-Dalcroze, para la preparación de la cual contamos ya desde el primer momento con el introductor de estas cosas tan atractivas en nuestra tierra: el poeta y músico Juan Llongueras.
Y no se trataba tampoco de una cosa pasajera sino de ver si, aprovechando la ocasión, se lograba introducir en Vic y conservar resuelta esta singular y moderna escuela en que se dan tan firme y tan fecundo abrazo la instrucción, el arte y la higiene. El pensamiento primordial de la Comisión de fiestas cívicas era grandioso: tendía a juntar en el espectáculo a la gran mayoría de los alumnos de las Escuelas que habrían podido sobrepasar el millar. Pero las dificultades materiales aparecieron enseguida, y entonces se fue inmediatamente a que lo que perdíamos en grandiosidad lo ganáramos en vistosidad y finura. Así se pudo hacer con la cooperación directa de Llongueres, con la determinación ya hecha de que llevase en su día sus chicos y chicas de la Escuela Coral de Tarrasa y de haberse encargado, espontáneamente y con inacabable entusiasmo, de los trabajos de aquí el subchantre de la Catedral Mosén Miguel Rovira, director del Orfeón de San Luís. La fiesta quedó, entonces, asegurada desde el inicio.
Solamente tuvimos que rebajar un poco nuestro presupuesto de personal, pues ya desde el primer momento nos vimos obligados a que en el grupo de calisténicos vicenses hubieran niñas: era cosa nueva y conocida por poca gente y tenía que venir la convicción por la vista. De los propios chicos no logramos pasar de sesenta, y aún, después de haber visto los ensayos, uno se admiraba de que fuesen tantos.
Los ejercicios son pesaditos y dificultosos y exigen en cada chico una disciplina muscular y auditiva más rigurosa de lo que a primera vista parece. Al maestro le hace falta mucha paciencia pero no menos al discípulo. Hubo momentos, en los ensayos, que llegamos a dudar de que, con el poco tiempo de preparación de que disponíamos, nuestros chicos pudieran juntarse y alternar con los tan fogosos de Tarrasa; pero nos tranquilizaba mucho la seguridad que nos daba Llongueras cada vez que venía a inspeccionar los ensayos y dar coraje a los pequeños calisténicos.
Siendo cosa esencial para el efecto artístico la indumentaria de estos, el Comité dio a los chicos y a los padres todas las facilidades para que el habillamiento fuese cuanto menos igual en belleza y vistosidad a los de Tarrasa. Se dedicaron a esta tarea, de una manera especial, los dos miembros del referido Comité, señores Claveras y Delclós, los cuales salieron completamente airosos del encargo.
Bastante menos grato y un poco complicado y difícil era atender a la cuestión de alojamiento del gran número de forasteros que esperaban las fiestas. Suficiente grupo eran ya los que, llamados por el Comité en virtud de los actos acordados por las Comisiones, tenían que tomar en aquellas una parte activa. Contábamos que, solamente el Orfeón Catalán, traería más de trescientas personas.
En primer lugar se tenía que procurar por la instalación de los Congresistas, lo cual era para el Comité una obligación de honor. Fue nombrada una Comisión de alojamientos, en que, ciertamente, no faltó el trabajo. Ya de inicio, cuando la Comisión de fiestas cívicas obraba como única fuerza activa, se había pensado en disponer en el Seminario una puesta a punto tranquila y propia de las personalidades, en su mayoría eclesiásticas, que vendrían a la Asamblea; pero esta idea topó, como era natural, con una larga serie de dificultades que poco a poco y en detalle hubieron de vencer los trabajos de la Comisión y en definitiva los decisivos del Comité. Y, aunque no en la escala que de buenas a primeras se había temido, porque en su día la Ciudad demostró tener más recursos en particular de los que todos nos imaginábamos, el Seminario ofreció el refugio que nos convenía.
Verdad es que el gran recurso, en este trabajo dificilísimo de alojar a la gente, el Comité ya desde el día de su constitución lo tenía pensado y lo perseguía. Lo obtuvo a su hora en la misma forma y con la misma extensión que lo había imaginado. Perdone el lector que seamos, a lo mejor a pesar suyo, un poco detallados al explicar estas cosas, lo cual hacemos con el intento de que puedan servir de experiencia para otro día que convenga.
Las dos grandes masas de gente de Barcelona y de las poblaciones importantes que tienen estación en el ferrocarril se tenían que esperar. Los que vinieran de los puntos más inmediatos de la comarca por carreteras y caminos vecinales vendrían en carruaje propio para volver a la hora que les viniese bien, o tendrían ya aquí familia o alojamiento habitual que usarían igualmente en esta ocasión extraordinaria. Estos no tendrían dolores de cabeza, como tampoco los que viniesen de las estaciones balnearias o climatológicas cercanas, como por ejemplo, Tona y San Julián de Vilatorta, los cuales se entenderían fácilmente con los servicios de carruajes establecidos por las mismas. Por consiguiente, para los que se tenía que procurar era a los viajeros indudablemente numerosos que los trenes de subida y de bajada traerían a la Ciudad a través de la nueva Estación de las diecisiete portaladas. Pues, ya que los trenes lo hacían, los mismos trenes lo deshicieran. Desalojar con este medio rápido la Ciudad era muy trabajoso, ya que los trenes normales, por sí solos, no acababan de cumplir el objeto. La cuestión era que tenían que salir de la Estación trenes especiales a la hora que al Comité le conviniera, es decir después de acabadas todas las funciones del día sin excluir las del atardecer. Tenían que salir dos trenes nocturnos, uno ascendiente y otro descendiente, que no salieran antes de la doce. Así, a todos los forasteros que, queriendo quedarse, no pudieran materialmente hacerlo por falta de posada, les quedaría el recurso de volverse. Con esto teníamos en nuestra mano, en la cuestión de alojamientos, una válvula de seguridad que bastaba para evitar enojosos conflictos. La Compañía del ferrocarril, aunque con su habitual poca fe en los resultados de todo servicio extraordinario pedido directamente en nombre del público, acogió favorablemente la propuesta y en principio fueron incondicionalmente concedidos los dos trenes que pedíamos. Más tarde, al formalizar la concesión, se trató de ponerle condiciones, que desaparecieron gracias a los trabajos del Comité de la Compañía en Barcelona y a lo que hizo particularmente el Gobernador Civil, señor Muñoz. Los dos trenes saldrían cerca de la media noche, cuando ya todas las funciones estarían acabadas e incluso probablemente se habría apagado ya la iluminación de las vías públicas. Concedido este servicio especial de trenes, que duraría los cuatro días principales de las fiestas, el Comité pudo ver más serenamente la cuestión de alojamientos y posadas, y se apresuró a resolver la de la manutención, que no ofrecía tantos problemas.
Se ha de advertir que lo que llamaríamos palanca general de la opinión forastera a favor del Centenario, primera y natural preocupación de las Comisiones y del Comité, estaba hecho a las principios del verano de una manera talmente gigantesca. En todas las poblaciones de Cataluña no se hablaba de otra cosa; sin necesidad de gacetillas oficiosas ni de cartitas de recomendación la prensa diaria de Barcelona y de las demás capitales y la periódica de otras poblaciones se ocuparon continuamente, balmeseándose a desdecir en todos los tonos y en todas las formas. Las revistas sabias de la Península y algunas extranjeras estudiaban con los más variados puntos de vista la personalidad y la obra de nuestro gran compatricio. Ni en el espíritu partidista el Parlamento, ni en la prensa, ni en ningún lugar se ponía el menor obstáculo a todo lo que se estaba haciendo en pro de la conmemoración del gran sabio, e incluso el periódico tan poco sospechoso como El Diluvio de Barcelona reconocía la justicia y oportunidad de nuestro homenaje. Las publicaciones ilustradas se daban prisa en servir a los lectores detallada información gráfica del gran hombre y de todo lo que le hace referencia, llegando a mínimos detalles cernían tanto a la generalidad del público, y aquí y allá, en gran número de poblaciones, se celebraban y organizaban actos en honor del insigne filósofo, de los cuales iba dando cuenta –y por eso aquí no los enumeraremos- el Boletín del Centenario. Únicamente no creemos lícito desvirtuar el tributo de la Ciudad de Cervera, Universidad en la cual estudió Balmes, siendo otro de los clarísimos talentos que en aquella famosa Escuela, creada por el espíritu vengativo de Felipe V, supieron mantener y renovar el verdadero espíritu catalán de tal manera que lo que tenía que ser tumba de este espíritu fue, en rigor, la cuna de nuestro renacimiento. Cervera, ya después de nuestras fiestas, pagó este tributo a Balmes poniendo en el edificio de la Universidad una lápida que recordara su paso por la misma.
El pequeño comercio se había apoderado también de la ocasión del Centenario y por todas partes brotaban retratos, bustos, medallas, postales y otros recuerdos que como negocio resultaban mejores o peores, pero que contribuían poderosamente a la propaganda. Le faltaba aún a este evento un golpe final que tenía que redondear el efecto. Hablemos enseguida, agarrando la historia desde un principio.
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